lunes, 16 de junio de 2008

El ario o jua jua o toing

Hay gente que se considera “chileno” pero evidentemente extraviado de la realidad. Estuve leyendo un blog de un supuesto “chileno”, en resumidas cuentas, más que chileno, parecía el triste remedo de un alemán de los años 40 (en cuanto a ideología, por supuesto). De verdad el tipo está extraviado y al parecer en su entorno familiar no hay nadie que le diga que vivimos en un pequeño país llamado Chile y que estamos en el año 2008.
El pensamiento sesgado de este personaje crea un mundo imaginario en el cual, cualquiera que no sea derechista-militarista-dictatorial sea de frentón comunista o marxista. De hecho, en una de sus entradas manifiesta que jamás ha leído a Marx, entonces la pregunta del millón es cómo puede discriminar qué es un marxista si no tiene culo idea qué escribió el tipo. Es como el pensamiento ignorante de que todos los papeles higiénicos son confor. Así de simplón e influenciable me pareció.
Un verdadero chileno defiende lo suyo con herramientas propias y no robadas de una ideología que se extinguió y cayó por su propio peso. Un chileno defiende a nuestro pueblo indígena. Nosotros somos por ellos y no por la situación político – económica que sufrió Alemania a principios y mediados del siglo pasado. La defensa de nuestros derechos y territorios es lo primordial, no la cultura aria que nunca nos ha pertenecido.
¿Es lógico que un supuesto “chileno nacionalista” ande gritando por las calles Heil Hitler? Me parece contradictorio y ridículo. Es tan idiota como los cabeza de pelota criollos que rezan Sos grande, barrilete... Maradó, Maradó... Así de imbécil es y no se da cuenta.
No sé si lamentable o afortunadamente, el tipo tiene su foto en su blog y les aseguro que –por sólo su apariencia- habría sido eliminado de la faz de la tierra por quienes estúpidamente admira. Más que ario, parece alacalufe, y –sin afán de ser irónico- eso es lo bonito.
Sé que vas a ver esta entrada y no espero que tu mente atrofiada por el militarismo entienda de qué hablo. De hecho lo comprendo, no se le pueden pedir peras al olmo. Lamento además que te haya tocado la mala fortuna de nacer en Chile a fines de los 60 y no en la Alemania de los 20. No voy a mencionar tu blog porque no quiero que mates de aburrimiento a otras personas como lo hiciste conmigo. Tampoco voy a aceptar tus posteos, no porque no tenga recursos para rebatirlos, sino que porque no quiero perder más tiempo ni tampoco que ensucies este espacio con tu basura. Hablaste de los robos de la concertación (y te encuentro toda la razón) pero tu visión limitada de las cosas no te deja ver que tu general Pinochet –me imagino que debes sentirte orgulloso de las muertes y la destrucción de familias que generó esa traición a la patria- también te robó a ti y a todos una fortuna que no pudo gastar.
Ahora me cuestiono si de verdad vale la pena esforzarse y gastar tiempo en una persona que, con una soberbia enorme, tiene dificultad para expresarse adecuadamente y no es capaz de hilar una idea coherente. Además que escriba impector, segurida, hicistes, entre otras barbaridades. PLOP!

jueves, 12 de junio de 2008

Otra vez Raúl... o el arrepentío

Raúl Poblete era un tipo apuesto, debo reconocerlo. Pelo ondulado color castaño con unos reflejos más claros en algunos sectores. Piel blanca y ojos de color verde oscuro que se escondían tras unas groseras gafas. Un hombre común, pero diferente al resto en sus rasgos. Podría pasar por un trasandino bueno para la pelota, tipo Barticcioto o Batistuta. Así de favorecido salió este tipo; lo único que denunciaba su chilenismo era su estatura bastante discreta, seamos honestos, no era tapón de artesa, pero con impotencia veía como la huincha de medir sólo marcaba hasta el metro 68. A parte de eso, el tipo era de normal para arriba. Pero no todo puede ser tan perfecto.
El hombre tenía un enorme problema que se manifestó cuando cumplió los diecinueve años. Su gran dilema era su afición a las mujeres de amor fácil y en especial las que son ideales para todos los bolsillos y presupuestos. Los años de universidad le otorgaron una elocuencia y dicción fuera de serie y, como es lógico, se aprovechó de esa nueva habilidad.
Fue así como en una noche de cervezas en el Club Valparaíso, Raúl hizo la respectiva presentación social de sus nuevos hábitos.
Salimos tan curados de ese extinto centro cultural, que apenas caminábamos en línea recta. Y en esa confusión fue que perdimos a este adalid de los hombres guapos. No debe haber ido lejos… no ha pasado tanto rato, pensamos, así que nos dirigimos a la Plaza Victoria a buscarlo. Después de 10 minutos y varios tropezones encontramos a nuestro camarada. Estaba sentado en un escaño dándonos la espalda mirando al cielo con brazos extendidos sobre el respaldo, en una actitud de jubilado que espera que lo venga a buscar el nazareno.
- Oye, hueón. ¿Qué estai haciendo acá? –le reclamamos y de pronto aparece de la profundidades una mujer que estaba agachada, de baja estatura y piernas macizas. Al vernos sale disparada y se pierde en la oscuridad. Lo asaltaron a este huéon, pensamos.
Corrimos preocupados para ver cómo estaba. Pero cuando estuvimos delante de él pudimos ver que su pantalón estaba desabrochado y a media raja y su pequeña herramienta asomaba tímida y lánguida. No era dinero ni joyas lo que le arrebataba esa mujer, sino la vida misma por medio de brutales succiones.
- ¿Qué onda compadre? ¿Quién era esa mina? –le preguntamos molestos por el susto que nos hizo pasar.
- Puta culiaos, espantaron a la mina, huón. Le pagué mil y medio y no terminó de hacer la pega, huón. Huones desubicados.
- No podí pagar mil quinientos por un mamón. Guárdate la diuca y súbete el pantalón –le dije más choreao que la chucha.
- Era rica, huón. ¿La vieron? Puta que la cagaron, son más saco e huea.
- Si, huón. Era super rica. Parecía murciélago como volaba la hueá.
- Ustedes son puros huones resentíos no má. –nos recriminaba mientras caminaba apoyado en nosotros.
Y así nos fuimos caminando hasta Errázuriz escuchando una infinidad de veces “puta que era rica, huón – Qué mujer – por la chucha que era rica huón oh – puta que la cagaron – Me enamoré huón, me enamoré”.
Al llegar al paradero vimos nuevamente a la mujer, pero esta vez no estaba agachada, sino que estaba parada. Lo peor es que estaba meando. Y lo más terrible era que su herramienta era más abultada que la de nuestro ilustre amigo. Por supuesto el no se dio cuenta y nosotros jamás se lo dijimos. Pero puta que nos cagamos de la risa cuando nos acordamos.

martes, 10 de junio de 2008

San Antonio, 1987


31 de enero de 1987, 11.15 horas

Raúl lloraba desconsolado, sólo quería morir. El arrepentimiento, el sentimiento de culpa, el dolor y la tristeza habían desgarrado su pequeño corazón. Se odió a sí mismo con mayor fuerza que todas las tempestades juntas. Gritaba, corría y se golpeaba con furia contra las paredes de su casa. Sus delgadas piernas casi no sostenían el peso de su pequeño cuerpo, pero aún así corría. Se sentía asqueado del mundo y de la vida. Su padre lo tomó con fuerza, lo abrazó y trató en vano de consolarlo. Te odio, le gritó el niño sin entender que su papá era sólo el mensajero. Por favor, dime que no es verdad, suplicaba sin hallar consuelo. Yo quería jugar con él, repetía una y otra vez. El hombre sólo miraba a ese niño y contuvo sus lágrimas. La escena era desgarradora.
Las calles estaban desoladas. El viento pasaba a ras de piso levantando el polvo y silbando entre los cables de los postes. A parte de eso, no se oían risas ni juegos. El viento nuevamente se arremolinaba haciendo girar en círculos algunas hojas que cayeron la noche anterior. Pasó un angelito, se le oyó decir a una vieja sabia.
Ese día Raúl dejó de ser niño y sólo tenía once años.

30 de enero de 1987, 10.25 horas

Raúl y sus amigos jugaban en las calles cercanas a sus viviendas. La familia de Rodrigo se subía a su auto y partían felices a un paseo familiar. Todos felices, menos él. La tristeza amarga del desprecio nuevamente le golpeaba el alma y esta vez la estocada se la asestaron sus mejores amigos.
Se podía ver en la parrilla del auto quitasoles, frazadas, mochilas y toallas. La mamá salía apresurada con un termo rojo y una bolsa llena de huevos cocidos, el papá limpiaba el parabrisas y tarareaba una canción de Sandro. El destino era un hermoso sector campestre muy cerca de San Antonio. El lugar es realmente bello, está adornado con una infinidad árboles custodiando un hermoso y apacible tranque.
La molestia de Raúl seguía en aumento a medida que transcurría el día. Por su culpa no me dejan prender el Atari, pensaba furioso. Este otro se va de paseo y yo castigado.
El día continuó normalmente y así llegó la noche y con ella el sueño cálido y hermoso de los niños. Esa sería la última noche hermosa para Raúl.

29 de enero de 1987, 16.37 horas

Los niños rodeaban con asombro esa maravilla que la tecnología podía entregarles en ese entonces. Ya no era necesario gastar los diez pesos en comprar una ficha para jugar videos. La navidad para Raúl y su hermano, había llegado con un computador Atari 800XL. Todos los amigos de Raúl estaban impacientes esperando que cargara el caset para poder dar rienda suelta a sus habilidades. Todos excepto Rodrigo. Un niño cuyas inseguridades le habían sido enquistadas de muy pequeño. A sus nueve años estaba ahí mirando cómo todos jugaban y esperaban su turno, pero nadie le ofrecía jugar porque su torpeza lo inhabilitaba ante sus pares. De verdad era torpe y descuidado. Sus huesudas piernas siempre estaban magulladas o exhibían costras. Los pantalones parchados en las rodillas eran prueba de sus constantes caídas. Y ahí estaba: esperando.
La verdad es que Raúl lo quería como un hermano y siempre abogaba para que Rodrigo jugara aunque fuera una vez.
Ese día sería diferente y la vida de Raúl iba a cambiar para siempre.
Aquel día Rodrigo pudo jugar más de lo habitual porque no asistieron muchos niños. El entusiasmo y la entretención hicieron que los pequeños se olvidaran de comer, hacer pichí, tomar agua o lo que fuera.
Llegando el ocaso, el niño inseguro debía llegar a su casa, esas eran las órdenes de sus padres. Cuando se dio cuenta que se le había pasado la hora corrió sorpresivamente llevándose en su loca carrera computador, cables y televisor. ¡Si sólo hubieran visto en su cara la aflicción y la sorpresa! Su rostro se puso rojo de vergüenza, preocupación y miedo. El pobre no atinaba a nada, sólo temblaba culposo.
Ver todos los artefactos en el suelo provocó la ira de Raúl que sin pensarlo golpeó, insultó, humilló y expulsó de su casa a esa joya de niño cuya única culpa era ser torpe y descuidado. Rodrigo dejó asomar una lágrima pero no le dio el placer de desbordar el llanto y corrió a refugiarse a su casa.
Ya por la noche, Raúl se juntó con todos los amigos que tenían en común y les dijo que no se juntaran ni le hablaran al torpe de Rodrigo y, como el insensible y enojado niño era el dueño del Atari, sus amigos obedecieron sin cuestionar. Esa noche Rodrigo no salió y se acostó en cuanto llegó. Al otro día debía levantarse muy temprano para ir de paseo con su familia.

31 de enero de 1987, 10.50 horas

- Hijito. Raúl, despierta -decía su padre moviéndolo suavemente para despertarlo.
- Mmmhh… ¿Quéeeee? .... no… tengo sueño -dijo el niño dormitando.
- Hijito… tengo que decirte algo muy importante.
- ¿Quéeeeeeeeee...? Preguntó Raúl semi conciente e irritado.
- Hijito… Rodrigo se ahogó en el tranque. Lo siento, hijo... tu amigo murió.

lunes, 2 de junio de 2008

Andrés, la daga y Andrea

Andrés sostenía una filosa daga en su mano derecha.
- No te muevas maldita perra- balbuceó y la baba caía de su boca.
- Por favor no me haga daño- suplicaba su víctima llorando.
- Todo saldrá bien mientras no te muevas ni grites. ¿Me entiendes? ¡Responde puta de mierda!
- No, no voy a gritar, por favor no me dañe.
- ¿Te gusta que te duela perra asquerosa? Maldita prostituta burguesa.
Andrea estaba sobre su cama, sus manos y sus pies estaban atados con sus medias a los maderos de la cama, estaba prácticamente inmóvil. Vestía una blusa celeste, que ya estaba desabotonada, sostenes y calzón. Andrés estaba sobre ella a horcajadas y le presionaba con fuerza el tórax.
- Escúchame muy bien, mugrienta golfa. Me lo vas a chupar y te vas a tragar toda mi leche. Si me muerdes, aunque sea un poco, te deformo la cara con mi cuchillo. Si me cercenas, te mutilo el maldito cuerpo ¿Me entiendes? Te corto las tetas y me hago un collar con ellas.
Andrea lloraba en silencio y aceptó. Andrés le desató la mano derecha para que cumpliera suavemente la orden que le había dado.
- Más rápido, puta. Más rápido –Extrañamente, cuando estuvo a punto de acabar sacó su pene de la boca de la mujer. La miró con odio y se llevó el dedo índice a los labios - Shhhhh… ningún ruido, maraca- Y volvió a atar su mano.
Puso la punta de la daga muy cerca del párpado izquierdo de Andrea. Comenzó a deslizar el afilado acero por la hermosa faz de la mujer cortando el hilillo de lágrima que brotaba de sus ojos. Pasó por la mejilla, lo introdujo con cautela en las fosas nasales y en la comisura de los labios. Andrés tampoco quería atrofiar esa obra de arte que era el rostro de Andrea. No todavía. Bajó por su cuello y ambos jadeaban, uno por placer, el otro por asco y temor.
Cuando hubo llegado a su pecho cortó sorpresivamente el sostén y un pequeño grito escapó de la muchacha. Andrés furioso la bofeteó y haló el pelo de su frente, con tal fuerza que casi le torció el cuello y nuevamente volvió a poner su dedo sobre sus labios en señal de silencio.
Apretó sus pechos y los lamió grotescamente mientras que con la otra manó cortó el delgado elástico del calzón. Dio un brusco tirón y llevó los calzones a su nariz para tomar todos los aromas íntimos de Andrea. Los arrugó en su mano y los restregó en la cara de la amedrentada.
- Ese es tu olor, perra. ¿Lo sabías? ¿O crees que hueles a rosas?- La respiración de Andrea se tornaba más evidente.
De a poco comenzó a bajar con su lengua desde el plexo solar, pasando por su abdomen, su ombligo y el bajo vientre. Ella lloraba y jadeaba. Con sus manos abrió la vagina de la mujer y con su lengua comenzó a describir círculos alrededor del clítoris. El pecho de Andrea subía y bajaba con fuerza. Tomó el miembro con sus manos y penetró con fuerza en la entrepierna.
- Estás mojada. ¿Te excita esto, perra? ¿Ah? ¡Respóndeme… maraca culiá!- Y así, a punta de insultos, danzaba el ritmo del coito.
Al cabo de un tiempo y groseros embistes, la dio vuelta con fuerza y el blanco trasero quedó a disposición de Andrés.
- ¿Alguna vez te han dado por detrás, puta conchetumadre? Te voy a dar como nunca. Y si te cagas en mí te mato. ¿Me escuchaste? ¡Te mato! -amenazó entredientes.
- No, no. Por favor. Lloriqueó Andrea.
Con su mano tapó la boca de la joven y la penetró con cuidado extremo. Andrea sacudió su cabeza con fuerza y gimió a través de los dedos de Andrés. Tras unos minutos el corpulento hombre acabó en el interior de la frágil mujer. Cortó las amarras con la daga y la arrojó lejos. Luego se recostó a su lado dándole la espalda con desprecio.

“Esta es la última vez que satisfago sus repulsivas fantasías. Mañana recojo mis pilchas y me largo de acá” pensó el asqueado joven. Ya pronto se iban a cumplir tres años de esa insana relación.
Andrea sonrió lascivamente, besó la sudada espalda de su amante. Te amo- dijo ella. Andrés guardó silencio y se entregó al sueño y sus pesadillas.

viernes, 23 de mayo de 2008

La Camila

Mi amada mujer ya no está, ellos se la llevaron para siempre. Hoy se cumplen tres meses y aún no puedo aceptar el hecho de que jamás volveré a ver su hermosa sonrisa ni me entregaré al onírico embrujo de sus brazos. Todas las noches sueño las inolvidables jornadas de amor cuando el aroma de nuestro sexo nos inundaba con pasión todos los sentidos hasta ahogarlos y hacerlos livianos en placeres que culminaban en un abrazo ardiente mientras que sus febriles labios me dedicaban un “te amo” en los míos al mismo tiempo que “Los Jaivas” actuaban para nosotros desde el tocadiscos. Aún está en mí la sedosidad sensual de su vientre frotándose contra el mío junto con el calor afrodisíaco que habitaba entre sus piernas. Era bella, una princesa fuera de contexto temporal y geográfico, era mi amor.
Su dolorosa ausencia es similar a la amputación de una extremidad, que aún, a pesar de los años se siente y a veces pica. Similar a ese picor es como todavía siento el peso de su cabeza en mi pecho mientras dormía, y yo, en intermitentes desvelos rogaba que nunca se moviera de ahí y que sus pies fríos buscaran el calor en los míos. Su desnudo andar por la habitación es un fantasma en mis despertares y los infinitos lunares en su blanca piel es el dibujo que nunca pude terminar.
Su vida, sus ideales, la intensidad de su ser al mantener –a riesgo de todo- la idea que nuestro suelo es tierra fértil para hombres libres y trabajadores me hacían amarla con locura, por su lucha, por sus convicciones, por su pasión.
Yo la amaba. Como nunca había amado a nadie. Aún lo hago. Pero ellos me la arrebataron.
Hace poco más de tres meses que la ciudad no es como la recuerdo, y es raro. El asfalto agrietado crea lagos en miniatura que adornan la calle Centenario, célebre por sus antiguas edificaciones resistentes al paso de los años.
Hace frío y el silencio de agravio, persecución y muerte incrementa el sentimiento de impotencia por el pasado ya inexistente que vuelve a mí de tanto en tanto, y que ahora es parte de la tortuosa vida cotidiana que me atormenta.
A lo lejos escucho pequeñas explosiones que se mezclan con gritos y me recuerdo de los años nuevos, cuando las tiras de petardos explosaban festivos y los gritos eran de felicidad. Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac, suenan a lo lejos.
Luces intermitentes suben al negro cielo y me escondo bajo una vieja renoleta. Siento terror y frío. Persisten los gritos a la distancia y veo los pies de algunos que corren apresurados, desesperados a resguardarse del peligro del asesinato sin justicia.
Cada vez que escucho las detonaciones me estremezco así que me tapo los oídos y cierro con fuerza mis ojos en una inocente forma de evadirme de la realidad y me devuelvo al tiempo en que todo iba a ser mejor. Mejor para nosotros, no para ellos.
Los estruendos se acercan por la estrecha, oscura y solitaria calle principal, vienen desde el mar para conquistar las planicies y los cerros y, así, arrebatarnos lo único sagrado que tuvimos, tenemos y tendremos: la libertad.
Esta es la última lluvia del año, la “mata pajaritos”. El grupo de asesinos a sueldo está a muy pocos metros de mí, y su líder les ordena a viva voz revisar bajo los vehículos, detrás de la arboleda y hasta en las sombras para exterminar la plaga de indeseables.
Estoy perdido, sin embargo salgo de mi escondite y corro, corro hacia el mar y tengo la certeza que esta será la última vez que la lluvia mojará mis ropas y mi cuerpo, porque los criminales se tomaron el poder, robaron la libertad y la vida a miles de inocentes compatriotas, porque las balas de mis cobardes asesinos son incontables y nunca volaron tan rápido, porque violé el toque de queda y el capitán gritó: Maten a ese conchesumadre. Por que la metralla grita furiosa y vengativa tras de mi tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac.
Porque vivo en Chile y hoy es 15 de diciembre del año 1973.
Espérame Camila, alcancé a gritar cuando mi correr se transformó en vuelo, en un vuelo alto para reunirme con mi compañera, con mi mejor amiga. Con mi amada. Con la Camila.


lunes, 19 de mayo de 2008

El hipócrita


- Cada vez que doblo en alguna esquina, la cuidad se transforma y me entrega un contraste moderno-romántico. Por un lado está la tendencia a modernizar la ciudad y por el otro lo clásico, lo que no se vende, el negocio con el nombre de la dueña. Sin ir más lejos, a la vuelta hay un almacén típico de barrio. Verduras, cigarros, lácteos y abarrotes, aparece escrito con tiza en una pizarra. Y así llegué hasta acá, pensando en mi niñez, en mis percepciones de ese entonces y en cómo se han modificado con cada día transcurrido en el calendario.
Acerca de estas cosas me gusta escribir, nunca supe ni sabré porqué tengo el bichito que me obliga a hacerlo. Soy sólo un profesor de matemáticas de la vieja escuela, cesante para colmo, con inquietudes. Jamás hice un taller literario, no sé de conceptos ni de simbolismos, sólo pongo mi mente en blanco y le doy alguna forma a letras sueltas. Combino ideas, me nutro de lo que veo y así en adelante. Explicación simple, fácil de comprender. No requiere de mucho ingenio –le digo infructuosamente para salir del paso.
- Flaco culiao no me importa la pescá culiá que me tay vendiendo, pasa las moneas, los cigarros y toas las hueás que te dije… y te apurai conchetumare –pronunció amenazante al mismo tiempo que ondeaba su intimidador cuchillo cerca de mi cuello.
- Pero tranquilízate, podemos conversar –dije temblando- la verdad es que la plata que tengo ahora no es mía, es de mi polola.
Dice algo que no logro entender y me golpea con furia en la cara, luego me da un puñetazo en el estómago y me deja sin respiración. Caigo sobre mis rodillas, recibo un puntapié en las costillas y, mientras termino de caer, veo cuando vuelve a guardar el cuchillo entre sus ropas. Toma hábilmente mi billetera, hurga los bolsillos de mi chaqueta, me revisa el cuello y de un tirón me saca una cadena de plata que me regaló mi extinta abuela cuando salí de cuarto medio. Saca los billetes y me arroja la billetera en la cabeza.
- Sácate la chaqueta, y no me mirís conchetumare- me dice mientras me tironea los zapatos.
Como puedo me saco la chaqueta y la dejo en el suelo, no tengo fuerzas para levantar mis brazos. Recibo otra patada, pero esta vez va directo a la cabeza.
En ese momento pasa un auto y toca la bocina y mi némesis corre perdiéndose en la oscuridad de la noche. La persona del vehículo –sin importarle si estoy gravemente herido- sigue su marcha y yo quedo ahí tirado sobre un charco de agua, mientras la lluvia diluye la sangre que fluye generosamente de mi rostro.
Transcurre una eternidad antes de que tenga las fuerzas para erguirme.
Camino tambaleándome, descalzo, golpeado, mojado, humillado y con un dolor punzante en la ceja derecha.
¡Odio a los flaites de mierda! –pienso. Ni siquiera puedo decir que son animales. Por lo menos los animales no tienen conciencia. Si matan lo hacen para alimentarse, si follan en la calle, lo hacen para reproducirse, si mean o cagan es porque no tienen pudores. Todo funciona perfecto en el mundo animal. No puedo decir que los flaites son quiltros de la sociedad, eso sería ofender a los perros. Que los quiltros no tengan una raza definida no los hace delincuentes.
Conciencia, por la mierda, conciencia. Los animales no la tienen y nosotros sí, eso es lo imperdonable, reflexiono con llanto iracundo.

Camino aturdido entre los prejuicios de la gente que prefiere pensar que soy un borracho y, en vez de auxiliarme, me ignora con frialdad y me esquiva como si tuviera lepra.
Llego a la casa, golpeo la puerta. Mis calcetines deben andar por los 3 litros cada uno y me siento patético y adolorido. Mi novia me mira con espanto y rompe en llanto cuando ve mi rostro ensangrentado y enlodado.
- ¿Qué te pasó? –me pregunta mientras revisa mi ropa en busca de algún corte.
- Tranquila, no pasa nada mi amor –le digo cuando me recuesto en nuestro sillón- Es sólo que me topé con una persona que no tuvo oportunidades.
De esta forma remato y conservo mi postura de defensor de lo indefendible, y sólo yo sé que mi mojigato discurso de héroe social junto con mi orgullo, también se los llevó el flaite.

viernes, 25 de abril de 2008

Sangre y muerte

Nunca había visto tanta sangre acumulada en un lugar.
El olor a sangre es asqueroso, y de tanto aspirarlo me quedo con un gusto metálico en la boca. Mis manos están pegajosas por que ese fluido rojo se está secando. Mi cuerpo está bañado de sangre así como todo mi entorno. Tengo un arma aún humeante en mi mano y mi primer reflejo es tirarla inmediatamente. La escena me hace perder las fuerzas, me siento mareado y asqueado ¿Habré asesinado a alguien? No sé qué mierda estoy haciendo acá ni porqué tenía esa pistola en la mano. No encuentro una explicación lógica. Es como si nada hubiese existido antes de este momento ¿Quién soy y qué mierda hago aquí? ¡Por la chucha qué hice! ¿Cómo puedo reconocer un delito si ni siquiera reconozco mi propia persona?
No puedo dar crédito al hecho de haber apagado una vida. La luz ya no le mostrará las formas ni las maravillosas simplezas de la vida, no sentirá más el sol, su cuerpo se enfriará y luego todo será oscuridad, frío y nada.
Intento huir, pero la puerta está atorada por dentro con un pesado mueble y mis fuerzas están menguando dramáticamente con cada segundo que pasa.
Con movimientos lerdos intento buscar el cuerpo al cual le arrebaté la vida, pero no encuentro absolutamente nada ¿Acaso me estoy volviendo loco? Quizás alguien me tendió una trampa ¡Si esto es un sueño quiero despertar! ¡No quiero estar acá!
Mientras me giro me doy cuenta que en todo mi alrededor hay sangre oscura y espesa, en las paredes, en el suelo. Hay marcas de manos sobre las paredes, puedo haber sido yo mismo. O mi víctima intentando huir. Sin embargo, por más que busco no veo nada. Estoy solo en esta habitación. Necesito saber a quien le quité la vida
¡Por favor dios, si existes, ayúdame!
La locura amenaza con desmayarme. Mi mente está llena de confusión, caos, culpabilidad, temor, vulnerabilidad y sangre.

De pronto la luz lentamente comienza a decaer y los sonidos se tornan inaudibles, y en ese momento ocurre lo más inesperado, el cuerpo sin vida que tanto busqué cae delante de mí, como si me hubiese jugado la más macabra de sus bromas. Como si hubiese estado siempre delante o tras de mí. Y sí, lo conozco. Conozco a quien maté y es el ser más despreciable con quien me tocó compartir mi vida. No sé porqué lo asesiné, pero sé que lo merecía. Ahí está con su cabeza destruida por una bala, me sonrío al verlo. Y mientras la sangre se empapa en sus ropas y el rigor mortis se apodera de su cuerpo, mi alma baja a las tinieblas del segundo recinto ubicado en el séptimo círculo del infierno, donde se internará en un horrible bosque de árboles muertos. Allí los suicidas pagan por siempre su pecado.
Ilustración: Gustave Doré.
La Divina Comedia, Infierno, Canto XIII. Los suicidas en el bosque

lunes, 14 de abril de 2008

Como cada jueves


Pareciera que Luis está absorto en su lectura. En sus manos sostiene un cuaderno universitario con un espiral blanco torcido por el uso. Hace algunas pausas debido a que el cielo está completamente blanco y el reflejo sobre la hoja lo deja casi ciego. Observa a su alrededor y el escenario en la plaza de armas de su austral ciudad es el mismo cada jueves.
La piel de sus manos está reseca y partida, sus uñas están largas y sucias, la cutícula las viste casi hasta la mitad; los puños de su única camisa blanca están muy roídos, pero limpios. De la corbata, ni hablar, hace muchos años tuvo una, pero era de esas con elástico en el cuello; su chaleco es de un material sintético de color azul casi morado que está deshilachado en los puños, cuellos y pretina. Su pantalón está casi transparente y rosáceo de tantos lavados y en la basta se pueden distinguir claramente todos los largos que ha tenido ese pantalón a través de los años; sus zapatos no son de colegio, debe haber sido la caridad de algún parroquiano que ya no usaría ese antiguo y puntiagudo calzado de suela delgada, dura y fría con un incómodo taco y unos dos números más grandes que su pie.
A pesar de todas sus carencias es un hermoso adolescente. Su cabello es muy claro y rizado, su piel es pálida y contrasta armónicamente con sus rojos labios y sus pobladas cejas. Sus ojos son verdaderas llamaradas verdes ornamentadas con largas y crespas pestañas.
El sabe que tiene que estudiar y cumplir por sobre el resto de sus compañeros. Ese es el compromiso.
Echa un vistazo a su entorno y retoma su lectura en breves retazos. La luz blanca del cielo nublado es insoportable, así que opta por dejar su cuaderno a un lado y contemplar los vehículos que pasan sin conciencia ni memoria. Así, como cada jueves, pasa el suplementero en su bicicleta repartiendo diarios con su cara extremadamente roja producto del mal tinto y el sol, sonriendo como si no le importara las negras formas que se dejan ver entre su amarillenta dentadura producto de la falta de algunas piezas. También está ahí el hombre del carrito que vende cabritas, el olor a azúcar quemada hace gruñir su estómago por comida. Cómo quisiera tener un par de monedas. No hay que ser adivino para darse cuenta que una galleta y un vaso de leche no son suficientes como para mantenerse satisfecho hasta las tres de la tarde. Pero Luis sigue en su espera. Vale la pena esperar por la única persona que le hace sentir bien. La única persona que ha notado su existencia llena de privaciones.
Así pasa la siguiente media hora llena de contemplaciones y reflexiones hasta que, a lo lejos, ve la silueta de la persona a quien espera todos los jueves, a la misma hora y en el mismo lugar.
Es un espigado hombre que se desplaza con elegancia y se destaca del resto de las personas por su particular atuendo negro. Es una persona de tez blanca y de pelo castaño claro. Tiene una amplia frente y su mollera exhibía muy pocos cabellos. Los zapatos brillan a pesar de lo nublado del día.
Luis dibuja una sonrisa en su hermoso rostro y se levanta del escaño y se encamina hacia el.
- Hola, ¿cómo estás? –preguntó el hombre.
- Bien, bien ¿y usted?
- Bien, gracias –dijo con una sonrisa- ¿Estás acá hace mucho rato?
- No. Desde las dos, estuve estudiando un poco, pero me dolía la cabeza.
- Está bien, no te preocupes, pero recuerda que lo primero son los estudios.
- Lo sé –replicó Luis con un tono de complicidad.
- ¿Tienes apuro? Me refiero a que si tienes que hacer algo. Ir de compras. Alguna prueba mañana
- No. Tengo libre toda la tarde.
- Perfecto ¿Vamos entonces?
- Vamos –respondió rápidamente Luis.
Caminaron en silencio unas cuatro cuadras hasta que llegaron al viejo furgón utilitario de aquel hombre. Un Suzuki ST90 blanco del año 88 y se subieron justo cuando comenzaron a caer las gotas de la primera lluvia de ese invierno.
- Ya empezó a caer agüita- dijo el hombre mientras echó a andar el móvil.
- Sí. Bien tarde comenzaron las lluvias.
- ¿Sabes que es lo que menos me gusta de las lluvias?
- Eeehhhmm ¿El agua? –respondió el joven inocentemente
- Ja ja ja.-rió de buena gana el hombre- No, Luis. El agua es una bendición. Lo que no soporto es la noche siguiente después de que terminó la lluvia. El frío es atroz. Parece que penetrara los huesos y congelara la sangre. Bueno eso pasa a esta edad.
El hombre tenía unos cuarenta y cinco años, y no era oriundo de la zona, por lo que los factores climáticos le afectaban bastante. A pesar de su edad se veía mucho más joven de lo que era, no más de treinta y cuatro. Nada fuera de lo común en un hombre que jamás conoció un trabajo forzado o estresante. Todo lo contrario. Su labor era bastante relajada, nunca se vio presionado por sus jefes o clientes, ni sufrió con algún término de plazo, y aunque su trabajo no era muy bien remunerado, jamás le faltó nada.
Bajo una tímida lluvia emprendieron lentamente el viaje. A Luis le encantaba observar el paisaje a través de las gotas de agua sobre el vidrio. Le recordaba su infancia. Las tardes dentro de las aulas de la pequeña escuelita rural, el olor a ropas pobres mojadas y de pelo sucio, el mal aliento de su compañero de banco. El desinterés de la gorda profesora por extenderse en explicaciones. Pero a pesar de todo eso, la inocencia de aquellos días le prodigaba felicidad y tranquilidad en esta nueva etapa.
Aquel hombre, el sonido de los desengrasados limpia parabrisas, el motor del vehículo y la lluvia, eran buena compañía durante el viaje.
No pasaron más de diez minutos desde el momento que salieron de la ciudad, cuando llegaron a su destino.
Bajaron rápidamente del destartalado furgón y corrieron a la casa para evitar mojarse mucho. El paraje que rodeaba la vivienda era de un verde intenso. Lleno de arbustos y malezas, árboles por doquier y mucha vegetación. Entraron a la casa donde solían juntarse cada jueves. Las paredes estaban pintadas con barniz, las ventanas eran pequeñas, por lo que la casa era muy oscura por dentro, incluso en los días de abundante sol. En la sala de estar habían unos sillones de cuero sintético cubiertos de grandes piezas de género, al medio había una mesita de centro y sobre ella una Biblia y un par de revistas. A algunos pasos de distancia estaba la chimenea de piedra y a un costado la mesa del comedor.
- Voy a prender la chimenea ¿Quieres algo, un té o un café? -Preguntó el hombre.
- Si no le molesta quisiera tomar té. Tengo frío.
- Ok. Si quieres anda a buscar una toalla al baño para que te seques. Y no me trates de usted. Dime Rolando.
Luis caminó por el pasillo de la casa y entró al baño. Tomó la toalla y se secó la cara y el pelo. Vio que sobre el lavamanos había una crema de afeitar, dentífrico y sólo un cepillo de dientes. Se miró en el espejo y sintió lástima por el mismo y así estuvo algunos minutos. Salió silenciosamente y se dirigió al living.
Ahí estaba el hombre contemplando la lluvia por la ventana, la chimenea ya estaba expeliendo calor y el exquisito aroma de la leña en combustión.
- Toma asiento, Luis. Voy a buscar el té.
Luis no respondió y se sentó. A los pocos minutos apareció el amable hombre con una bandeja con dos tazones, algunos panes y queso. El joven hambriento devoró cuatro panes y dos tazas de té, mientras el hombre lo miraba con un gesto muy parecido a la ternura.
- ¿Cómo va todo en casa? –preguntó amablemente Rolando.
- Todo bien. Mi mamá y mi hermana chica están un poco resfriadas, pero nada serio.
- ¿Cómo te ha ido en el liceo?
- Bien, con hartas pruebas.
- Me imagino que has estudiado.
- Sí. Todos los días estudio dos horas. Como le prometí a usted.
- Dale con el usted. Dime Rolando –inquirió nuevamente- ¿Cómo estás de plata? ¿Necesitas algo?
- No, muchas gracias. Estamos bien en la casa.
- Bueno, si necesitas algo ya sabes que puedes contar conmigo.
- Gracias.
Rolando lo miró por un buen rato, observaba cada uno de sus gestos, le atraía la juventud de su tez. Incluso se podría decir que lo envidiaba de cierta forma.
- Eres hermoso, Luis ¿Lo sabías? –Luis se puso incómodo y nervioso- No tienes de qué preocuparte, no te pongas incómodo. Estamos en confianza.
Rolando tomó con su mano derecha el mentón de Luis, lo miró por algunos segundos, se acercó a su rostro y besó sus labios con pasión, con lujuria, con amor y desespero. Luis le correspondió tardía y tibiamente. Besó su cuello, mordió sus orejas y acarició su pecho y el bulto que había en su entrepierna.
- Esta vez quiero que tú me penetres primero –dijo Rolando con voz lasciva.
- Como quiera.
- Vamos a mi pieza para estar cómodos.
Luis fue el primero en entrar a la habitación. Rolando lo abrazó por la espalda y nuevamente comenzó a acariciarle. El muchacho se giró, miró intensamente a aquel hombre y se sacó su carcomido chaleco. Rolando le desabotonó la camisa y lo observó detenidamente. El cuerpo de aquel joven era su perdición, y él lo sabía. Luis lo miró con el fuego verde de sus ojos, dejando de lado todo su pudor y asió la nuca de Rolando y lo besó con fuerza. Ambos quedaron desnudos y comenzaron la coreografía de un amor imposible.
Fueron casi dos horas de pasión y sexo. Dos hombres compartiendo el banquete íntimo de los placeres carnales. Tal como lo habían hecho todos los jueves desde hace cuatro años.

El viaje de retorno a la ciudad fue más silencioso que el de salida. No hubo conversación ni lluvia. Sólo las luces de la ciudad como fondo de una acuarela de perversión.
Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la humilde casucha donde vivía Luis.
- Sabes que no le puedes hablar de esto a nadie –dijo Rolando.
- No se preocupe. Esto queda entre los dos.
- Está bien. Recuerda estudiar y esforzarte en tus deberes. No quiero que nadie sospeche nada ¿Entendido?
- No se preocupe.
- Cuídate ¿Nos vemos el domingo?
- Sí. El domingo nos vemos.
- Invita a tu mamá.
- Ok.
Justo cuando Luis se aprestaba a bajarse de la furgoneta sale su madre de la casa. Mira al hombre de la camioneta y se pone muy feliz de verlo y le saluda con la mano con mucho entusiasmo. Lo mismo hace Rolando y se va.
- Me tenías preocupada, hijo. Hace mucho frío.
- No te preocupes, mamá. Tu sabes qué hago cada jueves.
- Lo sé hijo. No sabes cuán orgullosa me siento de tí. No eres como los otros niños. La juventud ya no está interesada en las cosas del Señor. Estoy tan agradecida de Dios por habernos enviado al padre Rolando. Es nuestro ángel, un ángel enviado por Dios.
Luis caminó sin decir nada ¿Qué podía decirle a su madre?

martes, 8 de abril de 2008

... de libre asociación...


Estoy dentro de una película y como todas, tiene su final. El guión está escrito y mi actuar está barnizado de inocencia y desconocimiento. Soy el jovencito de esta película, también el malo, pero al parecer no soy el tipo que muere a los cinco minutos.
Sí, sé que soy el protagonista y el antagonista, soy el extra y el doble de riesgo, el que hace las escenas tristes, de acción, de amor, sexo y romance, el de la escenografía y
la iluminación, co productor, etcétera. Soy todo eso, menos el director, tampoco soy el espectador.
¿Quién es el puto de mierda que me dirige? ¿Quién es el morboso espectador?
Maldita sea, si de esa forma no puedo describir el destino ¿Cómo mierda lo puedo hacer?
Sé que voy a encontrar partidiarios y detractores, que en el fondo son únicamente relleno para acaloradas discusiones con o sin copete. Porque ¿quién puede rebatir o confirmar la mierda que estoy pensando en este momento?
No quiero escuchar de fe, ni de creencias metafísicas. Sólo quiero que cada uno viva su realidad y me deje vivir con la mía. Porque el después de esta
vida es un océano de especulaciones baratas y convenientes como el pensar en la posibilidad de un segundo tiempo favorable, pero ¿cuál es el fin de prolongar nuestras vidas y proyectarnos de manera etérea o espiritual? ¿De qué forma estamos contemplados en algún plan divino? Sí, soy un espíritu o un alma, llámala como quieras o corrígeme, si es que en esta verdad tan subjetiva existe realmente una verdad. Pero eso no quiere decir que por sólo tener almas o espíritus tenemos el derecho de mantener vigentes nuestras vidas y seguir cometiendo los mismos errores. Y no es el alma la que nos condena, sino la maldita conciencia. Esa misma conciencia que nos dice que los perros o las aves no tienen almas, o que las hormigas deben morir por millones, o quien debe vivir o morir, o quien debe nacer o no, y es la misma conciencia que te engaña diciendo: “Sí, después de esta vida hay otra, libre de pecados, dolor, transgresiones y mucho más hermosa. Voy a fluir como el agua en las vertientes”.
Hay gente por ahí que dice que somos capaces de controlar nuestros destinos, yo les digo a ellos que Matrix es sólo una película. También les digo que si ni siquiera pudimos decidir dónde o cómo nacer, y lo
más importante “si queríamos venir al mundo” ¿Qué mierda les hace creer que tienen el poder de modificar y moldear sus destinos?
Llámenme derrotista, llámenme páramo de ideas innovadoras, díganme lo que quieran y les responderé: Todo esto que escribí, lo escribí por que YO quise, pero sabiendo que tengo tanta injerencia en mi desenlace como en la rotación de la tierra o en la salida del sol y en su ocaso. No soy derrotista, y el discursito
simple ese de “tu eres el que ve el vaso medio vacío, yo lo veo medio lleno” me lo paso por la reverenda raja. Yo sólo veo el vaso medio y punto y los eufemismos los piso como quiero y los mando a pasear junto con mis desperdicios orgánicos.
Somos seres
que vivimos del pasado, porque el presente muere cuando dejes de leer esta línea y el futuro, todo oscuro y engañoso. Nunca sabremos si éste depende de nuestras acciones y las reacciones del entorno respecto a éstas.
No te digo
esto para que lo creas, te lo digo simplemente porque hoy me levanté con ganas de escribir sin proponerme un tema que tratar, sólo me senté frente al frío e inerte monitor Samsung y le di vida a esta idea que me desborda de forma inconciente. Ejercicio de libre asociación le llaman los expertos e inexpertos.
Como dijo Nietzsche: Los hechos no existen, sólo las interpretaciones (esto acerca de la verdad o la mentira en el sentido extramoral).

Hermano lector, me habría encantado que sólo hubieses leído las palabras blancas.

martes, 1 de abril de 2008

Frente a frente


Y ahí está nuevamente, conminándome a observar su patética forma. Su frente y el entrecejo exponen profundas arrugas que endurecen su aspecto. Los flancos de su cara también están deteriorados. "Líneas de expresión" decía; "sin expresión no somos nada", le escuché argumentar miles de veces. Ahora parece arrepentirse de esas expresiones. Con un dedo estira la comisura de sus labios y, de reojo, ve como uno de sus molares evidencia una negrura interna que es una carie bastante avanzada. He visto pelo por pelo cómo su calva toma una graciosa forma. Sus ojos ya no tienen ese brillo al que estaba acostumbrado. Sus hombros están caídos, y sus pectorales y abdominales que alguna vez parecían tallados en madera, ahora son fofos ejemplos de la mala alimentación, la vida sedentaria y los años. Acaricia su barba de la mañana con la palma de la mano, luego con el dorso de ésta. Hay muchísimos pelos blancos. En su mano izquierda falta el dedo meñique. A mi me falta el mismo dedo en la mano derecha. Afortunadamente soy zurdo, y el diestro.
Cada día el ritual es exactamente el mismo. Pocas veces se producen modificaciones.
Aparece frente a mí, me muestra su tristeza por largos minutos, abre la llave del agua caliente, se moja la cara, esparce crema de afeitar y cuidadosamente se rasura. Enjuaga prolijamente los restos de espuma de su cara y lava sus dientes. Me muestra sus prominentes entradas y se peina de tal forma que pueda disimularlas. Yo hago exactamente lo mismo. Día a día.
Es triste ver la decadencia del ser humano, apreciar el envejecimiento.
Recuerdo que, cuando niños, saltábamos frente a frente para poder mirarnos. Era una sincronía espectacular. Observé cómo el niño creció y se transformó en adolescente, fui testigo de su desarrollo, pude ver las primeras pelusas que salieron en sus axilas y en su pubis. Contemplé su despertar sexual.
Lo vi reír y reí con él, lo vi llorar y lloré con él. Presencié su matamorfosis de niño alegre, al adolescente entusiasta; de adulto joven emprendedor colmado de ideas e ilusiones, al hombre roído y amargado que es ahora. Y lo lamento.
"Puta que estai viejo, hueón" le escucho decirme repetidamente.

Ese es todo el contacto que tengo con este hombre ¿Qué hace antes o después de exponerse ante mí? No lo sé. Su vida es todo un misterio. Mi vida, otro enigma absolutamente oscuro.
Quisiera saber qué hace este sujeto cuando no lo veo.
Y si yo me introduzco en su mundo ¿Ya no se pararía frente a mí a mirarme con cara de imbécil? ¿Lograré obtener las respuestas a mi propia existencia?
Deseo atravesar el pórtico. Necesito descubrir el código, el secreto; la llave de entrada y de salida por si todo fuera peor que acá. Sé que de forma física es imposible hacerlo. No puedo abrirme paso mediante el puño. Esa estúpida idea es completamente inviable.
¿Qué es lo que me une a este individuo? No lo sé. Pero algo en mi interior me dice que nuestra relación es como el cielo en el agua.
Somos parecidos, sí. Muy parecidos. A veces creo -a riesgo de parecer un loco- que somos la misma persona. Y confieso que caería en esa estupidez si no fuera tan observador y me diera cuenta que yo soy zurdo y el es diestro. Que su pelo está siempre peinado hacia el otro lado.
Es una odiosa evidencia que me imite. Me imita con una maligna y milimétrica precisión.
Pero ya descubrí la diferencia, es él quien carga con los defectos. Su cara está ajada por los años. Su pelo ha perdido el brillo y el volumen. Su mirar es como el de un perro herido. Lastimero y patético. Le hablo, le grito. Aunque al parecer no nos escuchamos. Sólo queda el eco interminable de mis gritos en las paredes de la pequeña, blanca y fría habitación.
Muchas veces lo miro sostenidamente. Le obligo a hacer cosas, ridículas muecas. Quiero saber hasta qué punto llegará.
Muchas veces cierro mis ojos y los abro repentinamente para ver si lo sorprendo haciendo otra cosa, para ver si lo descubro en su engaño. Pero no. Ahí está mirándome tan fijo como yo a él. Con una tristeza negra ciñiéndole el rostro, sufriendo su debacle y decayendo en la mortalidad de su escencia.
Quisiera degollarlo. Ahogarlo en su sangre. Mutilar su respiración. Acabar rápidamente con su miseria. Verlo caer bañado en su espeso fluido rojo. Mirándome con cara de sorpresa. Esa cara que la gente pone cuando sabe que está muriendo pero no puede creer que le esté sucediendo.
Ver su sangre caer como catarata desde su boca y su garganta ahogando un agónico grito, galopando sobre su pecho, sus manos y brazos con la urgencia de llegar pronto al suelo, dejando en las pálidas baldosas el fragmento de una pintura abstracta que trata acerca de la tragedia de la existencia.
¿Cómo atravesar esa helada y rígida barrera? Y si pudiera hacerlo ¿Dejaré de estar en este mundo y sumaría un nuevo ser al otro?
¿De qué parte del espejo estoy? ¿Soy la persona pensante frente al espejo o sólo el reflejo de ésta?

jueves, 27 de marzo de 2008

Cuestión de fe


La noche está bastante agradable. Prendo un cigarrillo, busco en mi desorden algunas botellas de cerveza. Casi todas están inmundas. Impresentables. Me da una lata enorme entregárselas a la desaliñada niña que atiende en la botillería, pero me da más lata lavarlas. Necesito tres, pero sólo hay dos que están decentes. Me agacho para recogerlas del suelo con el pucho en la boca, el humo comienza a entrar a mis ojos, siempre me pasa lo mismo, cuando juego pool, cuando me lavo las manos, cuando recojo los envases de cerveza, en fin, cada vez que mantengo un cigarro prendido en mi boca por más de un minuto. Siempre me he preguntado cómo lo hacen los maestros chasquillas, esos de los puchos eternos que no se lo sacan nunca de la boca, a lo Don Chuma o Slash de los Guns’n Roses. Es como si fueran siameses híbridos.
El humo me hace mierda los ojos mientras intento sacar las botellas que están muy apretadas entre si. Me da la hueá y tiro al maldito al lavamanos. A la mierda, pienso.
Dejo los sucios envases encima de la mesita de la cocina para revisar si tengo las llaves y ver cuánta plata tengo en los bolsillos.
Salgo por la gruesa puerta de madera y prendo otro cigarro, esta vez lo voy a disfrutar de verdad. Camino pensando en todo y nada a la vez, generalmente pienso en lo mal que me hace el cigarro y me hago la propuesta que me he hecho una infinidad de veces. Esta es la última cajetilla que compro.
El trayecto: cuatro cuadras de reflexiones, dos de ida, dos de vuelta. Cuando paso por la pequeña iglesia, que está en medio del camino, veo una frágil anciana frente a la imagen de alguna virgen o un santo –nunca me he fijado bien qué es. La mira, le habla. Su cuerpo es enjuto, sus pequeñas y débiles pantorrillas presentan complejas várices. Tiene una falda que probablemente estuvo de moda en los albores de los noventa, un chaleco –que parece haber sido tejida por ella misma- del mismo color de la falda y le llega más abajo del culo. Su pelo es canoso, corto y ondulado.
Paso por detrás de ella y siento una mezcla de lástima y furia. Lástima por que quizás algún problema la aqueja, algún familiar enfermo, nietos con problemas de droga, vaya a saber uno. Furia por lo que representa ese cuadro. La súplica a una efigie de yeso mal proporcionada y pintada sin oficio ¿Qué pretende con eso? Vaya a saberlo ella.
Cruzo la pequeña calle que separa la iglesia de la botillería y ahí está la desaliñada niña que siempre está detrás del mesón. La botillería y ella es como el maestro chasquilla con su pucho, pienso.
- Quiero tres Royal- dije pensando en la abuelita.
- ¿Vas a dejar por un envase?- Me preguntó, mientras seguía pensando en la abuelita.
- Si. Le respondí, preguntándome si, cuando pasara por fuera de la capilla, la viejecilla estaría allí.
- Son trescientos por el envase.
- Oka- repliqué pensando en qué hace una anciana a esta hora, sola y hablándole a un trozo de yeso
- Las de atrás están más heladitas- me dice. No respondo, estoy pensando en la abuela.
Pongo las cervezas sobre el mesón saco la plata de mi bolsillo. Cuento las monedas para deshacerme de algunas. Rompen los bolsillos y me carga usar monederos.
- ¿Eso es todo? Me pregunta sin mirar.
- Eeehmmm, no, dame un Kent 1 - Ahí se fue a la mierda eso de la última cajetilla. – Ah, y un Bigtime.
- Son cuatro mil seiscientos.
Voy a tratar de tomar menos, sino voy a quedar en la ruina, reflexiono mientras pago. Tomo las cervezas, guardo los cigarros, los chicles y salgo apurado para ver si la añosa mujer todavía está despilfarrando tiempo y palabras.
Cruzo raudo por el desgastado paso peatonal. Miro de reojo hacia mi izquierda y sí. Ahí está la mujer en la misma posición, como otra estatua.
Paso nuevamente detrás de ella pensando en qué diablos me importa a mi lo que haga la gente. En qué pueden influir en mi vida sus rituales o sus tradiciones religiosas.
La inconsecuencia me invade muchas veces y esta no es la excepción. Me devuelvo decidido y subo trotando las escalinatas de concreto que llevan al altar. Me siento en el último peldaño que está horriblemente duro y frío. Dejo la bolsa con los envases entre las piernas y las aprieto con los pies.
La mujer tiene en su cara unos lentes de grueso marco y sus labios se mueven sin emitir sonidos inteligibles. Sólo desesperantes seseos. Sus manos están apoyadas en una pequeña reja que defiende la estatua, de sus flacos y arrugados dedos pende un pequeño rosario color café.
No sé cuánto rato llevo aquí, así que prendo un cigarro. Otro más. Un cigarro me dura unos siete minutos, con eso puedo hacer una relación de tiempo.
A los setenta años, viuda, y sin hijos; la fe tira más que yunta e buey, pienso mientras abro una de las botellas y me la empino para tomar algunos sorbos. Miro la hora faltan quince minutos para la media noche. Debo llevar más de cuarenta minutos en esta posición y el conteo de cigarros debe ir por los cinco.
La frágil mujer se inclina levemente sobre sus rodillas hace el signo de la cruz sobre su pecho –símbolo que ya está más que deformado. Lo he analizado y es una perfecta cruz invertida- y se marcha. Se debe haber inquietado por mi presencia. Enfrenta cuidadosamente cada peldaño, una caída a su edad debe ser complicada. Permanezco esperando que se pierda en la esquina y me pongo frente a la imagen y dejo la bolsa con las cervezas en el suelo... Ah, y prendo un cigarro.
- A mi no me embaucas, ¿lo sabías? Tu rostro terso, tu semblante misericordioso y tus manos en posición de rezo no me engañan. Conozco tu juego y las reglas las considero injustas. Por miles de años has sido venerada como una deidad, hay miles de versiones tuyas. Todas vírgenes. Todas con la falsedad tallada en el rostro. Casi todas mal pintadas y desproporcionadas. No sé qué mierda hago hablándote. Voy a hacer algo más productivo: Cuando llegue a la casa le voy a contar mis problemas al escobillón, o la plancha. ¿O tienes algo que agregar? – silencio- Me lo imaginaba.
Me inclino para recoger por tercera vez la bolsa con cervezas y, estúpidamente decepcionado, me marcho.
- El cigarro mata, joven amigo- escucho a mis espaldas.
Quedé paralizado, el cigarro que tenía en la boca cayó al piso; casi me meo de la impresión. Patéticamente me doy vuelta para encarar a mi interlocutor. Absolutamente nadie. Sólo la estatua y nadie más.
- No busques más, soy yo quien te habla. Profirió la menuda efigie sobre el altar.
- ¡Ah! Tú –dije con cierto alivio y me erguí con propiedad- Pensé que había alguien escondido escuchando lo que te decía. Sentencié con calma.
- No. Sólo soy yo – respondió sin moverse un milímetro.
- Bueno… estoy tratando de entender el porqué la gente te habla. Es raro que las personas te hablen, sólo eres un trozo de yeso. Entiendo que le hablen a los animales, por lo menos ellos reaccionan. Algunos se asustan, otros se ponen contentos, qué sé yo. Pero tú… permaneces impávida ante el sufrimiento y la fe humana.
- Comprendo tus dudas. Incluso a mi misma me cuesta entenderlo ¿Puedes tú?
- Pero por favor. Si tú no entiendes porqué la gente te habla, ¿Qué te hace pensar que yo poseo la respuesta? Yo lo veo de manera bastante simple, si quiero cigarros, voy y los compro; si quiero sexo, me pongo cariñosos y cargante con mi novia; si tengo frío me tapo. El mismo fenómeno ocurre en el tema de las creencias... creo; por ejemplo: la vieja, está en el ocaso de su vida, por eso viene a reconciliarse contigo. Me imagino que con su edad, más de alguna maldad habrá hecho. Ahora me pregunto ¿Por qué no se atreve a hablar directamente con tu “jefe”? ¿Por qué la necesidad de intermediarios como tú o los curas? Otra cosa que no entiendo y quiero que me respondas ¿Cuál es el tema con ser virgen? O sea, si se supone el “jefe” instauró el sexo como único medio de reproducción ¿Quién eres tú para montarte en rebeldía más absoluta? Otra cosa ¿Cómo pudiste concebir un hijo sin sexo? Y lo más importante que me queda dando vueltas… por la época descrita, me imagino que fue parto normal ¿Cómo mierda conseguiste mantener la condición de virgen habiendo vivido la experiencia de un parto? Sólo quiero que me respondas eso.
Mantuvo su posición. Mirada al cielo, se podía ver el pintado blanco de sus ojos bajo el pintado iris de color indefinido, sus manos unidas por las palmas y la yema de los dedos sobre el pecho. Volvió a mover por última vez sus labios, sólo para contestarme.
- Esta escena es ridícula - dijo- Otro imbécil más hablándole a un malhecho pedazo de yeso.
En realidad, pensé. Tomé la bolsa con las cervezas, tiré la colilla del pucho al suelo, prendí otro y caminé sin mirar atrás.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Contrariedad

Te amo, y te amo con tal intensidad
que odio que estés viva.
No me mal entiendas por favor,
pero el hecho que estés viva
significa que irremediablemente
algún día vas a morir.

martes, 11 de marzo de 2008

Minicuentos dramáticos

El vuelo

Miro las cajas de vino, las cervezas a medio tomar, las caras de desdén, la conversación banal, la poca preocupación por las cosas verdaderamente importantes. Los miro con asco y desprecio, algunos preguntan qué me pasa, otros dictaminan cobardemente en susurros y con miradas a mis espaldas que sólo es una de mis estrategias para llamar la atención. Los vomito de furia, les grito entrañas, les digo cínicos, a nadie le importa lo que le pase al resto y el que dice interesarse es un mentiroso y un adulador de mierda. Sin prolongar mi arremetida, camino decididamente al balcón que nos separa del suelo por doce pisos de altura, extiendo mis brazos y emprendo el vuelo que me sacará de este mundo. La caída es breve y brutal. Siento el crujir de mi cuello cuando se quiebra, siento el aire frío que por primera vez toca mis sesos. Siento el tibio, consolador y anestésico toque de la muerte.
Pero todavía existo, soy un recuerdo, una fatal anécdota de una noche al final de un verano, y por ese motivo aún no puedo desligarme de este mundo.


El sueño

Ayer soñé que nacía, soñé que crecía bajo el calor solar del cariño de mis padres. En ese sueño aprendía a caminar y a hablar, a querer y fantasear. También estudiaba y me nutría de conocimientosy descubría sentimientos, soñé también que pololeaba y que podía amar. Soñé que trabajaba y ganaba plata, incluso tenía un auto. Soñé con hijos a los cuales nunca pude demostrarles cuánto los amaba. Soñé con cariños, desprecios, ilusiones y decepeciones.
Menos mal que cada noche despierto y me voy a las penumbras, donde no escucho nada, donde no veo ni siento nada, y pocas veces, pero muy pocas veces, me acuerdo de mis sueños.

La muerte

Chocó con el muro, ya venía mal, cayó aturdida pero aún así trataba de pararse y continuar su camino, como si no tuviera conciencia de lo que es la muerte. Lo intentaba una y otra vez. La fatiga la vencía pero aún así lo intentaba. Me paré a su lado y la acompañé en su agonía. La miré con compasión, me inventé una historia sobre ella, la historia de su vida. Quise llorar, pero me contuve. Sólo la miraba y nada podía hacer por ella. De pronto una voz diminuta me pregunta qué pasa. Es la ley de la vida, hija, respondo. Algunos mueren y otros nacen. Miro sus enormes ojos negros y están llenos de lágrimas. Ahora se suma otro espectador a la triste escena. Sólo miramos el cuerpo agónico que ya empieza a atraer hormigas. Se hizo caquita, me dice la niña. Eso es por que murió, respondo con tristeza. Saco de mi bolsillo una bolsa blanca de plástico, la que utilizo como un improvisado guante. Dudo un instante. No quiero sentir el frío de la muerte. Al final me decido y con respeto me animo a arrebatarles a las hormigas el inerte cuerpo de esa hermosa golondrina.


El ciclo

He estado navegando por lugares oscuros y húmedos. Cálidos sí, pero no hay calidez que compense el vivir en la oscuridad. Una vez en mi ceguera me moví, fue un movimiento violento, perdí la conciencia durante un par de segundos y me di cuenta que estaba en otra parte, era la misma oscuridad pero otra calidez, me sentí extraño por un momento, pero mi incomodidad cesó cuando una multitud pasó corriendo desesperadamente por mi lado y yo corrí también, no sabía hacia dónde pero corrí. Algo muy dentro de mí me indicaba el camino. Corrí con fuerza, me empujaron, empujé, incluso pasé por arriba de otros. La alocada maratón no fue tan larga, pero muy violenta. Llegué a un lugar que inmediatamente cerró sus puertas y ahí me quedé solo por mucho tiempo. Increíblemente el lugar se fue haciendo más y más estrecho, la incomodidad, los mareos del movimiento a ciegas me tiene podrido. A veces me aplastaban, otras veces me hablaban, pero no entiendo el idioma. Cada día que pasa el lugar es más incómodo, más caluroso y más sofocante. Ahora escucho gritos. Es la voz que siempre me habla. Es raro, pero así como supe el camino para entrar, ahora sé como salir. No sé que mierda pasa afuera. Los gritos de dolor me desesperan. La salida es aún peor que la entrada, mi cabeza me duele por que todo ya es muy estrecho para mí. Sólo falta que cuando pueda salir de aquí, alguien me tome de un pie y me dé una palmada en la raja. Ahí sí que me pongo a llorar.

viernes, 22 de febrero de 2008

Sólo pregúntale...

Pregúntale a la noche y dime qué te dice...
O a la soledad cuando estés con ella.
Quizás el silencio pueda explicarte de forma clara mi actuar
O la tristeza te dibuje con lágrimas el camino por recorrer.

A veces otras experiencias dejarán en evidencia la nuestra
en un pasado que se asome en tu presente con nostalgia,
pero no con pena, sino con alegría, y eso espero.

Así que escucha lo que tiene que decir la noche
y aprecia la invaluable compañía que te ofrece la soledad
el silencio hablará elocuentemente por mi
Las lágrimas... bueno, ellas me trazarán el camino mejor.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El alter-ego más tonto

Lo desprecio.
Debo reconocer que cuando era chico sentía una especie de simpatía por Superman. Pero era una admiración cándida, apoyada en la inocencia y desconocimiento propios de la infancia. Es que el hueón volaba, incluso en contra del sentido de rotación de la tierra para volver atrás en el tiempo y así evitar que su amada muriera (¿?), viaja al espacio con no sé qué atributo físico; nunca supe si era un gran salto, un despegue a chorro o sólo se pasaba la fuerza de gravedad por el orto, por que ni siquiera aleteaba. Más encima era a prueba de balas, se podía transformar en un riel humano y estabilizar un avión en pleno vuelo, en fin, grandes peripecias que hacían soñar a grandes y pequeños.

Pero los años me han dado razones de peso para aborrecer ese símbolo de los Yankees.
En realidad lo que más me molesta de ese alienígena es que nos vea como estúpidos y, al hacerse el humano, actúe como un tarado.

Pero creo que la tontera que corona a Superman es más bien congénita. Sus padres eran estúpidos y los kriptonianos también ¿Cómo se le ocurre a Jor-El mandar a su hijo a la tierra? ¿Nunca habrá escuchado que teníamos la media cagada? A los criminales más peligorosos de Kripton los meten en un espejo y los mandan a dar una vuelta por el espacio ¡En un espejo! ¡Los espejos se quiebran!

Superman cree que nos puede engañar sólo con sacar y ponerse los lentes ¿El muy imbécil creerá que somos ciegos? Yo uso lentes desde los 18 años, pero cuando me los saco, nadie me mira extrañado ni me pregunta quién mierda soy. Si hasta mis perros me reconocen con o sin lentes. Esa filosofía me indica que puedo asaltar un banco sólo poniéndome gafas, doblo la esquina me las saco y paf!! El disfraz perfecto.

¿Qué estupidez es esa de ponerse los calzoncillos sobre los pantalones? ¿Será que como se cambia de ropa muy rápido olvida que las sungas son ropa interior? ¿O lo hará para que no se le caigan las monedas de los bolsillos?

Como mencioné antes, es un ser prácticamente invulnerable, casi indestructible si no fuera por la kriptonita. Y cómo puede ser tan weeta que vive en la misma ciudad de Lex Luthor, el único ser humano en la tierra que tiene acceso a ese bendito mineral extraterrestre.

Y para peor, contraviniendo el principio básico de un periodista: los hechos y teniendo toda la faz de la tierra, los parajes más hermosos, los climas más bondadosos el mentecato tira el cristal verde que le regaló su padre al polo norte. A la chucha del mundo ¿Qué puede pasar en el polo norte? Una foca devorada por una orca, un oso polar muerto en extrañas circunstancias… No tiene vecinos, se caga de frío… Su mansión no tiene puertas, no tiene baño, ni ventanas, sólo enormes púas de hielo. Y realmente hay que tener un culo de acero para sentarse en esas incómodas sillas de duros ángulos rectos… La pesadilla inmobiliaria de cualquier persona con un dedo de frente.

Ahora, si es el hombre de acero, ¿como puede doblar los brazos o acostarse en posición fetal? ¡Si el acero es más duro que la chucha!, cómo mierda se corta el pelo o las uñas. O cómo el oftalmólogo que le recetó esos horribles lentes no se dio cuenta que tenía los ojos de acero.

No sé. Su forzada existencia me carga.