martes, 23 de diciembre de 2008

De sueños y pensamientos

Tengo rabia… estoy emputecido. Pero no lo disfruto… Raro… bien raro. Parece que mientras más años tengo, el animalucho que llevo dentro se torna más calmo. Esa fiera que atacaba hasta la muerte a su oponente y luego se alimenta de su cadáver está dormida o recién despertando, serena. Raro… Mis extremidades se doblan de debilidad al pensarlo.
No es que antes haya sido un brutal asesino. No, para nada, creo que era más bien un suicida amante de la auto-destrucción, pero ahora no lo soy. ¿Habré madurado? ¿Es posible madurar? ¿O es sólo la excusa pusilánime que nos damos para justificar nuestra conducta mediocre carente de pasión?
No soy yo y a la vez si lo soy. Sólo que el animal está amarrado del cuello con una cadena muy corta. Y para colmo con un bozal. No puedo gruñir, aullar, ladrar… ni siquiera maullar. Mal. Pero soy yo. Yo.
Mis puños bajaron la guardia, mis pies no se despegan del piso para dañar o defenderse. Sólo para dar pasitos hasta llegar al auto, que me lleva al trabajo, salir a fumar miles de veces en un día, caminar nuevamente al auto para dejar mi ablandado cuerpo nuevamente en mi casa y tomarme un puto descanso. ¡Cómo si necesitara descansar! ¡Si no estoy cansado, por la puta madre! Sólo estoy siendo mamón. Llorón pensante. Artesano de las debilidades. Amante del odio a los eufemismos románticos y literarios aunque los utilice como modo de parecer inteligente. ¿Pero quién es inteligente al usar palabras y frases que disfrazan realidades convirtiéndolas en situaciones llevaderas y escasas de conflicto? No lo sé, pero tengo rabia. Contenida como nunca dentro de mis venas, recorriendo mi cuerpo sin poder salir de él. De verdad quisiera cortar mi piel y sangrar para liberar presión. Sangre convertida en vapor, un vapor rojo que pinte las paredes como un asqueroso graffiti de gañán en una esquina marginal. Pintura sin forma, sólo por rayar o manchar de ardor las paredes de mis necesidades y realidades que sofocan mi salida hacia una vida alterna, no sé si más furiosa, no sé si más pacífica. No sé si más vida o más muerte o más conciencia o menos inconciencia. No sé cómo le llamas tú a eso, ni sé como yo le llamo.
No lo sé… son vagos pensamientos de una mente vaga y floja, lánguida de tantos coitos, abusos y violaciones mentales. Sabremos, sí, sabremos cuando la muerte nos visite. Cuando la muerte nos abrigue con su frío y rígido abrazo. Entonces lameré los huesos de sus costillas y le diré: “Maldita muerte, ¿Por qué no me visitaste antes? ¿Por qué me dejaste esperando tantos años para oler tu putrefacto aroma?
Lloraré sobre ella, pero no por tristeza, sino por felicidad, por el despertar de este sueño que ha durado más de cuatro décadas. La abrazaré, la besaré, meteré mis manos entre sus piernas, me desnudaré y la penetraré. Al fin y al cabo ella es la mujer que más he deseado.

lunes, 13 de octubre de 2008

Ramiro

Se había pasado la noche en vela abrazando el vacío que dejó la única mujer que amó de verdad en toda su desgraciada vida. Ese lunes se levantó temprano a trabajar… no había mucho ánimo. ¿Cómo iba a tener intenciones si quiera de levantarse si su único aliciente para ser una mejor persona lo había abandonado por otro hombre? Ok, el otro tenía una mejor situación económica, un trabajo estable y bien remunerado, casa propia, auto y todas las comodidades que él no le podía ofrecer. "Yo sólo soy un auxiliar en la oficina", trataba de consolarse. Así el romanticismo se convertía en pragmatismo y sólo de esta forma se podía explicar esta tragedia de forma menos dolorosa, de forma lógica.
Esa mañana hacía muchísimo frío. Se puso una toalla en la cintura, unas zapatillas viejas y tomó un par de calzoncillos limpios y nuevamente miró hacia su cama. La amargura se apuró en envenenarlo una vez más porque aún parece estar marcada en las sábanas la silueta de la mujer que lo abandonó hace un tiempo atrás. No pudo soportar la tristeza matutina y se sentó sobre su cama, apoyó sus codos sobre las rodillas, puso sus manos alrededor de su cara como tratando de arrancarse la piel y lloró inconsolablemente por varios minutos, lloró por su presencia invisible, lloró por su voz muda y lloró porque su aroma se había perdido para siempre. Definitivamente aún no puede superar ese abandono.
Se dirigió apesadumbrado al baño mientras sus lágrimas brotaban con descontrol para dar contra el suelo, abrió el agua de la ducha y esperó que el agua se calentara, metió su delgado y triste cuerpo a la tina y esperó estérilmente que el agua se llevara su desdicha. Echó champú en su cabello y lo frotó suavemente, muy suavemente, ya hace un tiempo que la alopecia se había apoderado de su cabeza y más de medio centenar de cabellos quedaban en sus manos cada vez que se daba un baño.
Los eventos normales se transforman en crueldades del destino cuando el pesimismo posee a un ser humano. No pasaron más de cinco minutos y se cortó el gas. Ramiro no podía creer que le ocurriera. Su frágil cuerpo se quebrantaba y las gélidas gotas de agua parecían agujas enterrándose en su piel. Salió de la tina en cuanto hubo sacado toda la espuma de su cuerpo. Se recriminó por no haber pagado la cuenta, pero ¿quién puede estar preocupado de los gastos cuando el alma está sangrando?
Había pasado casi todo el fin de semana acostado, casi sin comer, solo, triste, queriendo morir, pidiéndole a su dios que lo llevara a su reino de forma indolora e inconciente. Pero su dios no era tan benevolente y quería que sufriera. Miró su rostro en el espejo y una oscura e incipiente barba demacraba su rostro. No puedo presentarme a trabajar así, pensó. Y en realidad tenía razón. Su jefe era un ser despreciable, un desalmado. Cada vez que lo veía lo humillaba, le gritaba en frente de todos. No le importaba que Ramiro estuviese pasando por una depresión, es más, prefería despedirlo antes que soportar verle la cara otro día más. Tenía que afeitarse si no quería estar peor. Su mala estrella continuaba; se dio cuenta que el tubo de su crema de afeitar tenía sólo aire y las hojas de su máquina de afeitar tenían menos filo que una cuchara. Aún así lo intentó, pero no hubo caso. Agua fría, sin espuma y hojas sin filo… mala mezcla.
La tristeza comenzó a convertirse en furia y mirando su reflejo mal afeitado golpeó con su mano el espejo y una mancha de sangre quedó grabada en el espejo. Miró su mano y varias astillas de vidrio estaban incrustadas en su carne. Al levantar su mirada vio que su rostro no tenía facciones, sólo era un óvalo de piel sin ojos, nariz ni boca. La impresión lo empujó hacia atrás y cayó tocando su rostro, pero todo se sentía normal. Cuando quiso mirarse nuevamente en el espejo vio como cientos de insectos y alimañas salían de la rotura del cristal. Corrió desnudo preso de la locura, las paredes de su casa se torcían como queriendo atraparlo, entró a su habitación y todo estaba en extraña calma, tomó su cinturón, un pantalón y salió de su pieza… lento… temeroso... y nada… todo calmo, todo normal.
Ramiro… Ramiro… Ramiro…, se esuchó en toda la casa, no era voz de hombre ni de mujer. Las puertas se abrieron con fuerza una y otra vez, las sombras se convirtieron en siluetas y comenzaron a acercarse al perturbado hombre.
Ramiro tomó su cinturón, lo colgó del marco de la puerta de su habitación y lo amarró firmemente a su cuello con la intención de terminar con su vida. Cuando maldecía a su insensible dios, sintió dos mordeduras en su mal afeitado rostro, la lógica lo abandonó por completo cuando se percató que su cinturón se había convertido en una venenosa cobra. Trató de sacudírsela del cuello pero no pudo y la serpiente desencajó sus mandíbulas para engullirle la cabeza. Ramiro corría por su hogar desnudo, esquivando las sombras que lo acechaban y tropezándose con todo. La desesperación y la demencia le hicieron perder todo indicio de pudor y corrió desnudo hacia la calle, pero ya no había calle, sólo un negro mar furioso tratando de tragárselo. Una ola sobre otra tratando de sofocar la vida del hombre, una ola tras otra tratando de arrebatarle el alma… Desesperación… dolor… miedo… agonía… maldito dios, ¿por qué ríes de mi desgracia?… maldita vida…

Ramiro despertó y se incorporó rápidamente. Aún la adrenalina corría por su cuerpo. Comenzó a ladrar furiosamente, ladraba a las sombras, al viento, incluso hasta a su cola.
Está bien, Ramiro es un perro, pero aún así a ningún perro le gusta soñar que es humano, a ninguno le gusta tener pesadillas. Ni a nosotros. ¿Cierto?

martes, 30 de septiembre de 2008

Pantalón a media raja


Está bien. Lo reconozco, mi ausencia ha sido provocada por el mal necesario de cada sociedad: El trabajo. No. No soy un flojo. Me gusta trabajar, pero cuando ya no tengo tiempo para dedicarle a otras cosas me siento frustrado. Puede que las otrora malditas jornadas de insomnio me daban cabida enorme a desarrollar algún tema de forma abstracta, pensar harto, fumar mucho. Pero ahora parece que sólo fumo, porque casi no pienso, o eso es lo que creo. Puede ser que piense que no he pensado, pero al hacer eso ya estoy pensando. Ridículo. Puede que piense que esto no tiene relación en lo uno con lo otro, pero sigo pensando. Lo que no hago es pensar en forma libre y creativa.
Banalidades, banalidades y más banalidades. Necesito esto, lo compro. No tengo que pensar mucho. Tengo la plata y lo hago. Trabajar y trabajar. Tampoco hay que pensar mucho, a parte de querer terminar luego la pega y que quede bien, pero eso no es pensar, eso es instinto… no sé si tan instinto. No creo que el perro piense que debe comer su última comida de la noche. Cazar a un gato o un ratón, un pájaro que pilló volando bajo. El perro come solamente, no sabe si es la última de la noche o la primera de la mañana, tampoco se acuerda si hace veinte minutos se zampó una olla repleta de comida, sólo come, asegura su vida y su existencia sin medir contemplaciones estúpidas. No sé… quiero justificar que no pienso y que sólo actúo, pero aún así pienso, por eso repudio mis bajones. Por lo menos eso creo. La respuesta es que antes veía todo. Observaba mi entorno. Ahora sólo paso rápido. Me sobrepasan las presiones. Tener que ser creativo cuando la única imagen que tengo en la mente es un montón de mierda con un par de moscas parándose en él o sobrevolándolo. ¡Qué asco! En realidad es mentira. Sólo tengo un gran blanco. Pesado, uniforme y contundente y que no me está dejando hacer lo quiero. ¿O no lo quiero? Sí, sí lo quiero. Pero no me lo puedo. O sea, me lo puedo, pero me está costando sangre y neuronas.
Debe ser que odio presionarme a hacer las cosas bien, y en este caso no hay diferencias. Incluso me huele hasta a vanidad mediocre y pestilente.

No. No quiero eso. Ni con mucho talento la vanidad se convierte en una virtud.

Pensamientos, pensamientos…

Hablando de pensamientos, hace unos días atrás conocí a un tipo muy simpático, agradable. Comenzamos a hablar acerca de nuestros trabajos, de la vida, de esto y lo otro, pero a medida que la botella de ron desaparecía para mezclarse con coca cola e ir a parar directamente a nuestra sangre, la conversación pasó a temas más peliagudos. Religión y política. Por la puta… siempre caigo en la misma estupidez.
El hombre era muy creyente y yo un abierto enemigo del libro negro con una cruz en la portada y de todos sus profetas. No es que no crea en algún dios, le dije, sólo que no creo en el tuyo ni en el de los musulmanes, ni en el de los chinos, judíos y miles de etcéteras más.
Me habló de la fe y la conveniente definición de esa corta palabra. Es re papa… la creencia de lo que no se ve ni se palpa… o algo así. Blah, blah. Te piden lo imposible.
Nada más complicado que creer en un ser todopoderoso que piensa que no somos buenos pero tenemos que serlo, todo esto reducido en diez mandamientos que fueron escritos en piedra en un monte donde no había nadie más que una persona ¿Por qué no delante de todo el pueblo? ¿Por qué en secreto?
El arca del pacto nunca fue encontrada, tampoco el barco de Noé, la explicación… dios la escondió de nosotros. La lista es innumerable; Torre de Babel. Diluvios, Sodoma y Gomorra, Jesús, la virgen… uuuff… ¿Cuál es el común denominador? No existe vestigio ni prueba alguna de ninguno de estos eventos. Nuestra obligación es creer, si no, eres agnóstico, ateo o escéptico y te encasillan. Ahí es donde entra la fe, en creer lo que te dicen de forma irracional
Ya que te quieran vender un seguro es complicado… te venden algo intangible, estás pagando por algo que no puedes ver ni palpar ni usar hasta que pase algo. No es como un computador o un auto o una casa, cosas que sí puedo usar, ver y tocar. Así mismo es mi tema con la vida eterna y esas mentiras que se dicen para poder dormir tranquilos y pensar inocentemente en que el obrar bien te traerá una dádiva. Es por eso mismo que me considero mejor que los religiosos, porque actúo de buena forma. No robo, ni mato, no cometo adulterio, etcétera, porque lo hago con compromiso, sin que haya un regalo de por medio. Sólo porque es mi deber para con la humanidad y la simbiosis que pregono.
De diez “herejes” que agonizan deben ser ocho o nueve los que reconocen los dogmas de la fe y se arrepienten de su pensamiento en sus últimas horas, y no es un arrepentimiento de corazón, sino que es un acto de atrición. La reacción normal de una persona que se retracta de sus "pecados" sólo porque tiene una pistola apuntando directamente a su cabeza
Su respuesta a todos mis pensamientos fue de lo más increíble. Me dijo: Sabes… hay un médico famoso… no recuerdo su nombre, pero es cirujano y neurólogo… famosísimo… un hombre de ciencias, un hombre de poca fe y muchos datos y en una conferencia dijo lo siguiente: "Antes yo era agnóstico, ahora soy creyente en dios, porque he operado muchos cerebros, donde está el conocimiento de la humanidad, y saben… no vi ningún pensamiento, pero están ahí…"
………
………………
………………………
………………………………
Hoy camino a mi trabajo vi a un tipo que estaba arreglando la reja de su casa o algo por el estilo. Estaba agachado tipo pollitos pastando. O sea, piernas semiabiertas pero perpendiculares al suelo. Típico blullín talla 52, y no era poquemón. El pantalón a media raja, incluso creo, sin exagerar, que era a tres cuartos de raja, por poco me saludaba su ojete. Poto rojo y peludo, la rajadura blanca y sudada, pantalones sucios. Puedo concluir que hay imágenes que quedan para toda la vida, pero, que de seguro, ésta la quiero olvidar.
Me puse a pensar en los estereotipos odiosos y me pregunté lo siguiente: ¿Los obreros de la construcción, carpinteros, maestros chasquillas, mecánicos, etcétera, no podrán hacer bien su trabajo sin la raja al aire? ¿Perjudicará el trabajo de algún exigente asesor de imagen ? ¿Un acto de rebeldía silente con respecto a sus salarios y/o beneficios sociales? ¿Será una normativa de su sindicato?
Salud, compadre, buena onda –le dije.
Preferí terminar la conversación así.

martes, 2 de septiembre de 2008

Para antes de dormir (no es cadena, a mí me resultó)



La Santa Iglesia me dijo:
Vete y no peques más.
El pobre de Dios es hijo
Vive con humildad.

¿Para qué el dinero fatuo.
Si de amor has de vivir?
Para qué gastar en cosas
Si todos vamos a morir.

Honra a tu padre y a tu madre.
No mentirás, no matarás.
Aléjate, necio, del pecado.
Si el fuego eterno quieres eludir.

El mundo y su riqueza.
Vergüenza universal
Cómo tanta opulencia
Sin atisbo de equidad.

Continente de carencias
Tiene hambre y tiene sed
Las barrigas inflamadas
Su destino es perecer.

Cuánto pecado cometiste
En nombre del Señor.
Cuántas muertes provocaste
Para conseguir la redención

Cómo no te da vergüenza
Cubrir tu cuerpo de sedas
Y con tu oro como adorno
Adornar vuestra opulencia

De mi alma perturbada
Una lágrima afloró
De ver tanta indolencia
Mi respuesta siempre es esta:

Iglesia de mierda
Puedes irte a la cresta
Puta que me has hueveado
Ya me tienes las bolas llenas.

Cura Tato, cura Ramón
Háganme un mamón
Dejen a los niños
Apliquen su candado chino.

Si esto es pecado
Y no puedo ir al cielo
Prefiero irme al infierno
Que tapar nalgas y rabo.

Por último iglesia hereje
Date cuenta y reacciona
A quienes no somos tontos
Agárranos la goma.
.
Para ti esta oración
Esta ofrenda del dedo del medio
Me arrepiento de haberte conocido
Te rezo un Pato Yáñez
.
Este es un sentido homenaje a Delfín, La Tigresa del Oriente, Flor del Huaraz, Gringo Carl (poto con pecas) y a todos quienes no tenemos idea de lo que es una rima, métrica o ritmo

jueves, 21 de agosto de 2008

Da lo mismo quien... (o qué importa)

- ¿Cuántas veces se puede repetir la tristeza por el mismo evento considerando los mismos estímulos, las mismas personas pero en etapas diferentes de la vida? ¿Cuántas veces puedo cuestionar estrategias y consecuencias de la reacción que causa cualquier acción involuntaria o premeditada y, más aún, sopesar el impacto que tendrá en mi vida ya sea pasada como futura? ¿Cuántas veces puedo rebelarme ante la mentira o la ignorancia?
- Las veces que quieras, pero recuerda que mi paciencia tiene límites.
- Así como tu supuesta perfección.
- ¿A qué te refieres?
- ¿Cómo puedes ser perfecto si creaste un mundo con la falencia latente?
- ¿Falencia latente? ¿Me estas hablando de fallas? ¿A qué fallas te refieres?
- ¿Cómo que a qué fallas? Escucha, oh, padre mío. Este mundo está lleno de fallas. Nadie pidió llegar al mundo para ser sometido a pruebas o tener que vivir rodeado de enfermedades, fragilidad y muerte.
- Pero esto es mi regalo de vida que otorgo al ser humano. Hacer cosas por el avance, la comprensión, la humanidad. Desde un punto de vista teocéntrico, por supuesto. Se hace un llamado a ser buenos, a obrar con santidad en un mundo pecaminoso. Sólo así el hombre logrará la vida eterna.
- ¿O si no…?
- ¿A qué te refieres?
- O si no qué, poh…
- Bueno, tú sabes. La paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna.
- No estoy conforme, para nada.
- Eres un malagradecido.
- ¿Mal agradecido por qué?
- ¿Cómo? ¿Acaso no agradeces el precioso regalo de la vida?
- Explícame qué es la vida sino el estar muriendo con cada día que pasa. No entiendo tu conformismo como consecuencia en la raza humana. ¿No te parece injusto? A eso me refiero… Actúa como dicen las escrituras y vivirás para siempre. O si no…
- ¡¿O si no qué!?
- Los envías directamente al infierno… ¡por la chucha!
- No existe el infierno. Sólo un castigo discreto al pecador.
- Da lo mismo si existe o no. Lo que realmente importa es el sometimiento a pruebas que se imponen a un ser que en primer lugar no pidió tal “privilegio”. ¿Entiendes lo que te digo?
- Satánico. Satanás invade tus pensamientos. Es él quien habla por ti.
- No. Entiende lo que te quiero decir. Estás como los pinochetistas, si no pienso como ellos, soy marxista o comunista. No una persona pensante. ¿Es que te molesta que piense por mí mismo? ¿Es un pecado eso también? Según lo que dices, seguir al pie de la letra los mandamientos es sinónimo de salvación.
- Exacto.
- Pero esos mandamientos pueden ser abolidos cuando te convenga.
- ¿Perdón?
- Sí pues, no matarás… pero “tu pueblo” es el de los más belicosos que ha existido en la tierra… o sea para ellos es “no matarás… pocas personas…” “No robarás” pero para tu gente errante el robar con cuello y corbata se ha convertido en una tradición. También debería ser “No robarás… pocas riquezas… o los recursos de un país” y así sucesivamente… no cometerás adulterio, no fornicarás… ¿Acaso los primeros hombres contaron con un cura que los casara? ¿O el incesto es lícito cuando te conviene solamente? Tu libro está lleno de incongruencias, es un libro político más que religioso, es una historia sobre mitos y leyendas, sobre milagros que ahora no se ven… ¿o el poder de revivir muertos, subir al cielo en carros de fuego, separar las aguas, etcétera, está pasado de moda?
- Mira cretino… deja de hablar estupideces… mira que nada me cuesta enviarte a la tierra para que te crucifiquen de nuevo.
- No te preocupes. La crucifixión ya no está de moda… ahora la tortura son los realitis, las teleseries del trece, la concertación y la alianza.
- ¡No! La alianza es por un país mejor. Una nación lejana al odioso comunismo y el asqueroso marxismo.
- Qué sabes tu acerca del marxismo… deletrea “marxismo”.
- Eme, A, Ere, Ce, Ce… No, no… espera… A, Eme… No, no… Eme, A, A… A… A… AAAA… ándate a la conchetumadre.
- Ya sacaste el chuncho que llevas dentro.
- No soy chuncho, soy evertoniano.
- ¿De cuándo? Nómbrame al arquero de Everton.
- Ehhh… Pelé.
- Imbécil, Pelé fue el primer hombre en pisar la luna.
- No estúpido, es arquero de Everton.
- Deletrea “estúpido”
- E, ese, pe… No, no… Ese… tu… pe i… do

Da lo mismo quién, pero de un momento a otro la violencia surgió desde las paredes del manicomio y de tanta discusión uno agarró a otro, le bajó los pantalones y comenzó a sodomizarlo. Pero no era cualquier tipo de sodomización, era una con actitud, con desplante escénico. Hay internos que dan fe de una buena técnica y hasta palmaditas en el trasero.
Ocurrió lo inevitable y un clímax seguido de una buena eyaculación dio buen termino a la tortura.
- Ohhhhh. La cagué –dice el sodomizador mirando su lánguida herramienta.
- ¿Viste? Al final igual te cagué –concluyó el sodomizado subiéndose los pantalones.

lunes, 28 de julio de 2008

Bomberos y muertos


En la madrugada del 20 de agosto del año 1988 recibimos en mi casa un llamado telefónico. Mi madre nos informaba que su padre, mi abuelo, había fallecido. Luego de una larga y triste enfermedad ese hombre, ese anciano, había pasado a la otra vida. Hubiese querido ponerle tres monedas en cada ojo para que tuviera el dinero suficiente para pagarle a Caronte para cruzar el Estigia. No era muy complicado conseguirlas, pero de verdad no me daba la gana hacerlo. “Qué pésimo nieto eres” deben estar pensando mientras leen. Pero no es tan así. Se los aseguro.
Nuestra niñera nos consolaba a mí y a mi hermano, pero yo no quería consuelo, sólo quería que dejara de acariciarme y de decirme que mi abuelo estaba mejor ahora, que estaba descansando y esas cosas que se dicen cuando muere un ser amado. Sólo quería que dejara de hablarme para poder proseguir con mi sueño.

Al año siguiente murió un bombero muy conocido. Ya era 1990 y habían pasado cuatro años de la muerte de mi abuelo y quería ir al cementerio para medir mi valor y mis emociones. También estaba la curiosidad insaciable de un niño por descubrir los tres motivos por los cuales me llamaban la atención los bomberos:
- Trabajan como voluntarios, o sea no les pagan.
- Cuando mueren, sus funerales los realizan de noche.
Esa noche no pude resolver mis dudas así que hace poco me decidí a hablar con un amigo que es sicólogo o sociólogo me explicó el porqué de estos factores y me los resumío en seis puntos.
- Son pirómanos frustrados. Es como si se le pagara a un marihuanero por ir a una quema de yerba decomisada. Les estarían haciendo un favor.
- Son morbosos. Les encanta ir a accidentes vehiculares, ver los cuerpos reventados. Sacarles fotos mostrárselas a todos sus amigos y agrandar la historia para provocar el shock en cada convivencia o reunión social.
- Estos tres motivos son una vergüenza, por eso esperan la oscuridad de la noche para meterlos bajo tierra.
La curiosidad me llevó a seguir el cortejo fúnebre de este abnegado (¿?) funcionario y llegar al campo santo cuando la penumbra reinaba y los seres del averno salen a pasear y estirar sus rígidas extremidades.
El funeral estuvo emotivo pero también aburrido, así que sin meditarlo mucho me hice el valor para realizar un paseo nocturno por el cementerio. El itinerario se dividía en tres partes: La tumba de mi amigo de infancia y el nicho de Segundo Ahumada, mi abuelo.
Después de haber estado un rato mirando estúpidamente la tumba de mi amigo Andrés (digo estúpidamente porque pensé que mi emotividad iba a dar pie a un diálogo con un montón de huesos y cenizas), me dirigí directamente al nicho donde estaban los restos de mi “querido” abuelo. La noche estaba heladísima.
Les juro que con cada paso que daba mi determinación iba desapareciendo. A los cinco minutos de caminata cualquier indicio de valor que hube tenido se había extinguido.
Cuando llegué al nicho repasé con milimétrica precisión el velatorio ocurrido hace cinco años atrás. Mi memoria dio vueltas y volví a sentir esa amargura que me hizo derramar lágrimas ante la muerte de ese desalmado anciano. Impotencia, rencor, dolor, tristeza, ira y lástima; siete emociones que hasta el día de hoy me marean. También recordé los tres motivos que me hicieron llorar esa jornada:
- Lloré por no haber tenido el valor suficiente para decirle lo que pensaba de él cuando estaba vivo.
- Lloré porque nunca entendí la razón de su desprecio hacia mi persona.
- Lloré por el eterno vejamen de un hombre viejo hacia un niño que no tenía idea de lo bueno o lo malo.
- Lloré porque cada vez que mi madre me obligaba a visitarlo en vez de decirme “hola” me decía “ya llegó la niñita”.
En ese momento de triste reflexión y con un temor por lo sobrenatural es que ocurrió lo esperadamente inesperado: Alguien estaba detrás de mí y hedía a miles de cadáveres. No voy a negar que me oriné en el acto, incluso puedo reconocer que casi me cago.
Me di vueltas con mi pantalón mojado que ya empezaba a ponerse frío y ahí estaba mi abuelo. Lo que presencié es digno de una pelicula gore. Con su mano izquierda sostenía su brazo derecho desde el hombro, como dos brazos en uno, le faltaba un ojo que lo sostenía firmemente con su mano que tenía desocupada y que llegaba hasta el suelo y de su cuenca ocular salía una gran lombriz cuya cola asomaba por la boca que no tenía el maxilar inferior.
Me quedé paralizado al ver a mi abuelo zombie mutilado por la mortalidad. Todo se veía como en cámara lenta y logré ver sobre su hombro cómo el cortejo fúnebre se retiraba del cementerio.
Cuando nuevamente posé la mirada en el muerto viviente ya había acomodado su brazo derecho en su lugar y hurgaba en el bolsillo de su vestón hecho a medida para encontrar el mentón y toda su corrida de dientes y molares para poder encajarlo nuevamente en su cráneo.
Me armé de valor y le pregunté con un grito de temor y angustia, casi como enfrentándome al mismísimo Belcebú.
- ¡¿Por qué nunca me quisiste viejo de mierda?! ¿Te acuerdas de mis hermanos? María y Enrique… a ellos siempre los quisiste… tu cariño escaso siempre fue para ellos tres, nunca para mí. Reclamé teniendo siempre presente que si no me apuraba iba a quedarme toda la noche en ese terreno de los muertos
- Mira niñita –me dijo modulando monstruosamente- Siempre te odié porque…
No alcanzó a decir más porque su maxilar cayó nuevamente al suelo y cuando se agachó a recogerlo me hice de valor y corrí, corrí con toda mi fuerza y veía con impotencia como salían los últimos parroquianos del recinto. “Espérenme… no se vayan… no cierren, por favor”, grité como una verdadera niñita.
En eso escucho una voz de ultratumba que resonó en todo el cementerio: “Pendejo de mierda, ¿Sabes por qué siempre te odié? Porque detesto a la gente que no sabe contar”.
Menos mal que cuando llegué a la puerta todavía había un par de viejas fumando antes de subirse al minibus. Por suerte.

jueves, 17 de julio de 2008

La venganza

Quien pueda amar, también puede odiar. Ese es mi postulado. O sea, sin dios no hay demonio o algo parecido. En mi caso puedo decir que aprendí a odiar antes que a amar.

Al frente de mi casa vive un tipo. Es un croata que huyó de las múltiples guerras que deformaron su país. Es alto, corpulento, mal educado, desagradable, sin respeto y violento. Cuando yo era niño me hizo pasar infinidades de sustos. Me amenazó con pegarme; más de alguna vez me tomó del pecho y me sacudió con fuerza. Lo odio, siempre lo he hecho. Pero esta noche he de concretar mi venganza.
Mi casa tiene dos pisos, en el segundo nivel está mi habitación, tiene un ventanal en el frontis y una ventana más pequeña en su lado izquierdo. Esa tenía una hermosa vista al mar que lamentablemente fue tapada por un condominio de departamentos. La otra da directo a la casa de ese imbécil y ahí estoy parado tras la cortina observando cada uno de sus movimientos. Está sentado solo en una mesa bebiendo café y comiendo pan. Nadie lo acompaña, porque todos lo odian.
Bajo corriendo las escaleras y tomo un rifle que descansaba en el costado de la biblioteca. Mi casa luce muy extraña. Es mi casa, puede ser que la iluminación o el reacomodo de algunos muebles me provoquen esa sensación. Me dirijo raudo hacia el patio trasero, tomo una buena posición en decúbito abdominal y apunto. Los nervios no dejan que la mirilla se fije en mi objetivo, así que me calmo y respiro hondo. Mantengo la respiración y aprieto el gatillo dando de lleno en un ventanal que cae en pedazos. El siguiente tiro da sobre la madera. El tercer y definitivo da directamente en el blanco: Un hermoso vitral traído de Croacia que por años adornó el pórtico y era orgullo de ese cobarde ogro.
Me levanto apresurado y agradecido de no haber herido a algún inocente que se cruzase en mi línea de fuego. Estúpidamente dejo el rifle tirado en el patio y entro a la casa y me dispongo a observar. La gente se reúne para ver el estado en que quedó la casa después del tiroteo. Mirko gritaba de furia “Voy a matar al hijo de puta que lo hizo” “Voy a quemar su casa”, bla bla blá. Una tonelada de estupideces que dice la gente cuando está iracunda. A pesar de mis nervios me sonrío con satisfacción.
Al cabo de un tiempo llega un hombre, toma del brazo al croata y lo mete nuevamente al ante jardín y los pierdo de vista. Para tener una mejor visión de lo que acontece, vuelvo a mi habitación y ocurre lo inesperado, el recién llegado apunta hacia mi casa y le informa que desde ahí salieron los disparos. Mi sonrisa desaparece completamente y mi rostro se desfigura de angustia. Quizás un dejo de aquel miedo que fue sembrado en mi infancia.
Mirko entra a su residencia y sale cargando un revólver, cruza la calle y abre la puerta de la reja y se desplaza con cuidado pegado al ala izquierda de mi hogar. Me cambio de ventana y no veo los edificios, pero sí puedo apreciar un negro mar que se ondula amenazante. El hombre se mueve lento y con cautela. Recuerdo que dejé el rifle tirado en el patio trasero y eso significa tres cosas:
Uno: Va a quedar en real evidencia de dónde salieron los tiros.
Segundo: Mirko quedará doblemente armado.
Tercero: Voy a morir.
Rápidamente abro el cajón de mi mesa de noche y tomo una afilada daga que estaba debajo de un libro. Nuevamente bajo las escaleras y espero que la oscuridad de la noche me acompañe. Esta vez salgo por el frente tratando de no hacer ningún ruido y atacar a mi adversario por la retaguardia. Me muevo cual sombra, más sigiloso y rápido que él.
Nunca se percató cuando le di alcance. Tenía el rifle en su mano y le escuché decir: “Voy a matar a todos en esta casa”.
Con mi mano izquierda lo tomo del pelo y paso mi mano derecha y la daga por sobre su hombro y cerceno su garganta. Suelta el revólver y el rifle. Con sus manos trata de contener la sangre que brota como catarata y escurre por su pecho hasta el suelo. Cae pesadamente sobre sus rodillas y lo empujo para que finalmente quede tendido en el piso.
Me acerco y escucho el sonido grotesco y gutural de su afán por mantener la vida. “¿Quién terminó cagado, imbécil?” le pregunto burlonamente. La respuesta es el mismo sonido de antes algo más intenso probablemente. Trata de asirse a mi pie y yo miro hacia el cielo negro inmutable. Al ver que su vida aún no se extinguía, tomé el rifle y comencé a propinarle furiosos culatazos en el cráneo mientras mi inexpresiva sonrisa se manchaba de sangre. Los huesos se desbarataron y la masa amarillenta de sus sesos por primera vez sintió el frío de la noche. Ningún pedazo de hueso quedó más grande que el tamaño de una uña.
Tomé el único ojo que quedó intacto y lo apunté hacia el cuerpo inerte. “¿Puedes ver lo que pasa si te metes conmigo?”, pregunté rebosante de sarcasmo. No hubo respuesta. Y ahí estuve algunos minutos mirando mi venganza, mi obra maestra.
No sentí asco ni arrepentimiento, sólo satisfacción. Pero esa sensación no duró mucho, porque a lo lejos escuché las sirenas de la policía y ahora debía huir. Corrí riendo con locura. Salté los muros que dividían las casas y pensé en llegar hasta un arenal que estaba en las proximidades y buscar un refugio en él. La sorpresa es enorme ya que no estoy corriendo por los cerros de arena a los que estaba acostumbrado, sino que corro sobre roca sólida y estoy a una altura enorme, pero aún así corro por mi libertad. Mi huida es frenética y la locura me amenaza porque hace unos minutos era de noche y ahora parece media tarde. La roca comienza desintegrarse bajo mis pies y mis pasos son cada vez más erráticos y es en eso que caigo a un enorme precipicio cuyo fondo no puedo distinguir con mis ojos. La fuerza de gravedad me solicita con una fuerza ridícula, como si de un momento a otro pesara miles de kilos, como si estuviera siendo succionado por un hoyo negro. El final se aproxima con rapidez espeluznante y ya puedo ver el fondo. Mi vida da sus últimos giros. Mi escasa cordura grita un prolongado NOOOOOOOOOOOOO.
.
Antes del golpe me veo sentado en mi cama, bañado en un sudor frío y respirando agitadamente.
Mi habitación está en penumbras, silencio y tranquilidad.
Prendo la luz de mi mesita de noche, abro el cajón y tomo un libro. Ahí nunca hubo una daga y en mi casa jamás existió un rifle.
Qué ironía -pienso mientras busco en el libro la página para continuar con mi lectura- este imbécil está durmiendo tan profundamente que debe haber dejado escapar un par de sonoros y malolientes pedos mientras yo aún sueño con mi venganza.

miércoles, 9 de julio de 2008

El pragmático (o el afiebrado)

En algún momento tuve la impresión que fue un martes… quizás un miércoles. Da lo mismo. El caso es que fue en la tarde… o en la mañana... Quizás fue en la noche pero nunca en la mañana, no suelo levantarme muy temprano cuando estoy de vacaciones. Bueno el tema es que fue hace cuatro o cinco años, pero… a ver… hace seis años que trabajo y lo que te quiero decir ocurrió cuando estaba en la universidad, lo que me pone en un aprieto aún más grande ya que fue un proceso que duró poco más de cinco años, aunque estoy positivamente seguro que tiene que haber ocurrido en tercer o cuarto año… ¿o fue en segundo? Me complica esto del tiempo, no sé medirlo ni cuantificarlo. Me siento como si estuviera con una brújula parado justo en medio del polo norte. ¿Hacia dónde apuntaría la aguja? O sea, si estoy parado justo en el centro magnético y avanzo unos pasos, la brújula me indicaría el norte hacia donde anteriormente me marcaba el sur. O para poner un ejemplo menos complicado es como hacer un hoyo recto trazando el radio perfecto de la tierra –y obviamente olvidándome de las rocas ardientes y/o el infierno- ¿En qué punto quedaría vuelto de cabeza? Sería pasando el medio ¿no? Y el centro ¿Qué es aparte de sólo confusión?
Déjame plantearte esto desde un punto de vista más universal, considerando la inmensidad y comparando nuestro globo terráqueo con los grandes planetas de nuestro sistema solar, incluso con el sol. Somos un mundo enano insertado en un firmamento infinito; nuestra Tierra y nuestra galaxia, quedan convertidos en polvo cósmico comparado con los cuerpos celestes de tamaños colosales. Imagínate en qué calidad queda el ser humano que para viajar de Santiago a Estocolmo se demora veinticuatro horas en avión. Imagínate lo insignificantes que somos. Y esa es la insignificancia que nos obliga a creer en un dios o en varios. Aferrarnos a una religión que nos permita ser algo más que simple carne moribunda que pronto será cenizas que el viento distribuirá a su antojo para convertirnos en nada. Ni siquiera somos una célula muerta del universo. No. Ni eso somos. Y el ser humano se cree grande, poderoso. Masacran a los más débiles por gusto. Y qué hace más fuerte o más débil a un hombre. No es sólo el dinero. No es el intelecto. Es la ambición de querer ser dueños de este miserable planeta y la política y evidentemente el dinero aunque haya dicho que no hace un rato. El ser humano se quiere adueñar del tiempo, del espacio, de la ciencia, de los miedos, de la vida, de la muerte y de los sentimientos. Y en su estúpida creencia que se convierte en la más notable de las ignorancias inocentes es que se siente poderoso. Grande. Importante. Así como tú.
¿Quién te crees que eres para exigirme que me acuerde del día en que te pedí matrimonio?

martes, 1 de julio de 2008

Sólo de fútbol vive el hombre


Desde mi más tierna infancia mi mayor sueño fue jugar fútbol. No en un equipo de barrio ni con los amigos después el trabajo. Nada de eso: YO QUERIA SER FUTBOLISTA DE PROFESION.
Siempre anhelé ingresar a la cancha y sentir la ovación del público gritando los colores de mi escuadra. Tocar el pasto, entrar corriendo y hacer el signo de la cruz, alzar los brazos y quedarme ciego de tantos flashes que arrebatan en un milisegundo mi imagen para ser recuerdo de grandes y pequeños fanáticos. Presentir que el estadio se va a venir abajo de tanta pasión y alegría
Mi percepción del tiempo se dobla y recién comienzo. Parece que ayer di las primeras patadas a ese balón que me regaló mi padre cuando cumplí los seis años. Hoy que me doy cuenta de que el sacrificio -a veces- recompensa. Tanto esfuerzo y sudor, tanto entrenamiento y abandono. Vi salir el sol mientras entrenaba y presencié cómo se escondía mientras practicaba tiros libres. Me ejercité durante años. Renuncié a mis estudios tan sólo para lograr mi sueño.
Mi corazón está cubierto de incontables cicatrices por tantas desilusiones amorosas, nadie comprendió la pasión que sentía al ver rodar un balón por el pasto. Entrené de lunes a lunes, de sol a sol infatigablemente por mi sueño por más de una década. Nunca me di por vencido y ninguna de mis compañeras de amores aguantó ese ritmo frenético por hacer tangible mi deseo.
Después de tanto tiempo hoy vivo mi sueño. Hoy debuto y escucho el grito de ochenta mil gargantas unirse en un único pero estridente canto. Pero sé que este canto no es tan sólo para mí, es para el equipo, el equipo de mis amores.Veo las bengalas y en mi pecho retumba el compás del bombo dando el pulso a la fanfarria. Miles de papeles multicolores caen al césped y yo en él, posando para la foto que me convertirá en un inmortal. El himno nacional me hace llorar de júbilo y orgullo.
Nadie nunca me apoyó, todos me decía que me retirara, que estudiara, que el fútbol no era mi futuro. No tienes cuerpo, no tienes técnica, no sabes dar pases. Llevas diez años entrenando y aún no das con la red. Jamás has hecho un gol. No sabes driblear. No dominas el balón. Que esto y que lo otro.

Parece que todos tenían razón, menos yo. Nunca hice un gol ni pude eludir a un contrincante. Pero, aún así, hoy debuto: Sépanlo bien, mi nombre es Marcos Sánchez y soy la mascota del equipo.

Dedicado a mi y a todos los que alguna vez quisieron ser buenos pa’ la pelota y nunca lo lograron

jueves, 26 de junio de 2008

El escéptico


Mi hogar es un castillo hermoso cubierto con una verde enredadera y adornado con bellas flores. La vida ahí es apacible, un cristalino río protege su fachada y su agua genera una música hermosa. Por el día son vítores de grandeza y realeza, por la noche son cantos de sueños que cuentan la historia de las fértiles praderas que rodean el lujoso palacio.
Por las mañanas las aves cantan para despertarme y las sirvientas entran presurosas a atenderme en todas mis necesidades.
Nuestra opulencia es tanta que hacemos tres o cuatro festines por semana. Toda la nobleza danza el ritmo de los músicos de palacio. Todos bailan esperando a que haga ingreso al salón la princesa. Cuando entro, la música se torna suave y mis delicados pasos son acompañados por reverencias de hombres y mujeres. Mi belleza es deseada por hombres y envidiada por las mujeres. “Dios salve a la princesa”, me dice un viejo conde.
Mi amado príncipe se levanta de su trono a recibirme, toma suavemente mi mano y nos sentamos. La música vuelve a llenar la sala y los bailes continúan.

La guerra nos sobrevino como la peste negra. Sin esperarla se deja caer sobre nuestra querida tierra. Mi amante príncipe sale en campaña de guerra liderando a sus fieles súbditos. Charles jamás permitirá que el yugo extranjero se apodere de la apacibilidad de un reino construido en las bases del amor.
Aciaga noticia ha llegado a mi mano por carta. Charles, el amor de mi vida, poseedor de mi cuerpo, alma y corazón ha caído en combate. El tiempo entregará nuestra pacífica provincia a la dura mano invasora.

El negro sentimiento se apodera de mi alma y me entrego a los espíritus de la tierra. Les ofrendo animales en sacrificio y elevo plegarias a sus oscuros nombres.
“Bruja. Hechicera. Hereje” me gritan quienes antes me bendecían. “A la hoguera. Quemad la maldad” se oye decir entre la multitud. Lloro. Derramo lágrimas por lo perdido. Por la extinta paz, por la seca hermosura, por mi príncipe descomponiéndose en cenizas en un campo de batalla olvidado.

El fuego comienza a subir por el madero al cual estoy atada. El dolor es insoportable. Mi piel comienza a desprenderse y mis gritos se ahogan a medida que el fuego aumenta. Entre las llamas veo a mis verdugos, y los maldigo.
¡NO! ¡NOOOOOOOO!!!!! ¡Malditos vosotros y vuestra simiente! ¡Malditos vuestros hijos y vuestras tierras!

- Cuando diga diez va a despertar lentamente. Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… … diez. Despierte. Está todo bien. Descanse en el diván y despéjese el rostro -dijo el flemático hombre al tiempo que le entregaba un pañuelo desechable a la mujer para que se sonara los mocos.
- Gracias doctor, ya me siento más tranquila- dijo la regordeta mujer mientras se incorporaba en la camilla y se secaba las lágrimas de su moreno rostro.

¿Por qué mierda nadie tiene una vida pasada normal? Todos fueron guerreros o reyes, todas hermosas princesas. ¿Acaso no existían peones, caballerizos, pordioseros, leprosos, maricones o aldeanas demacradas? Princesa se cree esta vieja fea.
Y así de clarita fue la reflexión del facultativo cuando la señora Rosa Jeria abandonó su consulta.
Ilustración: No sé, pero el tipo es seco

viernes, 20 de junio de 2008

WAR!!!!!!!!

- ¿Alguna vez corriste por salvar tu vida? ¿Alguna vez, maldito gusano, has derramado tu sangre por defender los intereses territoriales? ¿Has escuchado los gritos de tus camaradas mientras son amputados? ¿Escuchaste los llantos en las noches de los jóvenes patriotas que temían no ver nunca más a sus seres queridos?
- No.
- ¿Sentiste silbar las balas rozando tu casco? ¿Viste, en tu patética vida, a un hombre envuelto en llamas corriendo con la desesperación de extinguir el fuego que le arrebata la vida? Es terrible ver el espectáculo decadente de la metamorfosis del hombre con temple de hierro y una determinación filosa como daga convertido en un malvavisco derretido en lágrimas y angustia.
- Pero…
- No me interrumpas. ¿O acaso me vas a hablar de tu heroísmo y tus proezas de combate?
- No. Sólo quería decirte….
- ¿Qué?!! ¿Qué me vas a decir? De qué me puedes hablar tú. ¿De tus estudios en la universidad mientras otros sacrifican sus vidas para que puedas hacerlo tranquilo? Calla mejor, y deja que alguien te ayude a poner tus inocentes pies sobre la tierra.
- Está bien, no te enojes… sólo…
- Sólo nada… -interrumpió Omar- tú pareces no entender.
- A qué quieres llegar con esto –pregunté molesto.
- Sólo quiero que me respondas. ¿Alguna vez corriste en la vida? ¿Sentiste silbar las balas que pegan en tu casco? ¿Has visto a un hombre lleno de llamas tratando de sofocar el fuego? ¿Has sido testigo del último suspiro de un soldado? ¿Viste el alma de alguien abandonar... el... un... cuerpo? Responde maraco pusilánime de mierda. ¿Has sentido el dolor de la cuchilla que la entierra du.. eehh.. que se hunde como en un bistec? ¿Las palpitaciones de los cor.. burp… corazones de los miles de difu.. dif… difuntos.. titos… difuntitos? Y el olor a sangre… carnicería olor de miedo….. en la guerra… de… de… esa… esa poh… la guerra… ¡¿LA HAS SENTIDO, HUÓN!?
- NO, HUEÓN. NO. ¿Y TÚ?
- Eeeehhh… en realidad… yo tampoco…
Bueno, así es Omar y así funciona su mente con unas copas de más.

Escasa ilustración: lafaln

lunes, 16 de junio de 2008

El ario o jua jua o toing

Hay gente que se considera “chileno” pero evidentemente extraviado de la realidad. Estuve leyendo un blog de un supuesto “chileno”, en resumidas cuentas, más que chileno, parecía el triste remedo de un alemán de los años 40 (en cuanto a ideología, por supuesto). De verdad el tipo está extraviado y al parecer en su entorno familiar no hay nadie que le diga que vivimos en un pequeño país llamado Chile y que estamos en el año 2008.
El pensamiento sesgado de este personaje crea un mundo imaginario en el cual, cualquiera que no sea derechista-militarista-dictatorial sea de frentón comunista o marxista. De hecho, en una de sus entradas manifiesta que jamás ha leído a Marx, entonces la pregunta del millón es cómo puede discriminar qué es un marxista si no tiene culo idea qué escribió el tipo. Es como el pensamiento ignorante de que todos los papeles higiénicos son confor. Así de simplón e influenciable me pareció.
Un verdadero chileno defiende lo suyo con herramientas propias y no robadas de una ideología que se extinguió y cayó por su propio peso. Un chileno defiende a nuestro pueblo indígena. Nosotros somos por ellos y no por la situación político – económica que sufrió Alemania a principios y mediados del siglo pasado. La defensa de nuestros derechos y territorios es lo primordial, no la cultura aria que nunca nos ha pertenecido.
¿Es lógico que un supuesto “chileno nacionalista” ande gritando por las calles Heil Hitler? Me parece contradictorio y ridículo. Es tan idiota como los cabeza de pelota criollos que rezan Sos grande, barrilete... Maradó, Maradó... Así de imbécil es y no se da cuenta.
No sé si lamentable o afortunadamente, el tipo tiene su foto en su blog y les aseguro que –por sólo su apariencia- habría sido eliminado de la faz de la tierra por quienes estúpidamente admira. Más que ario, parece alacalufe, y –sin afán de ser irónico- eso es lo bonito.
Sé que vas a ver esta entrada y no espero que tu mente atrofiada por el militarismo entienda de qué hablo. De hecho lo comprendo, no se le pueden pedir peras al olmo. Lamento además que te haya tocado la mala fortuna de nacer en Chile a fines de los 60 y no en la Alemania de los 20. No voy a mencionar tu blog porque no quiero que mates de aburrimiento a otras personas como lo hiciste conmigo. Tampoco voy a aceptar tus posteos, no porque no tenga recursos para rebatirlos, sino que porque no quiero perder más tiempo ni tampoco que ensucies este espacio con tu basura. Hablaste de los robos de la concertación (y te encuentro toda la razón) pero tu visión limitada de las cosas no te deja ver que tu general Pinochet –me imagino que debes sentirte orgulloso de las muertes y la destrucción de familias que generó esa traición a la patria- también te robó a ti y a todos una fortuna que no pudo gastar.
Ahora me cuestiono si de verdad vale la pena esforzarse y gastar tiempo en una persona que, con una soberbia enorme, tiene dificultad para expresarse adecuadamente y no es capaz de hilar una idea coherente. Además que escriba impector, segurida, hicistes, entre otras barbaridades. PLOP!

jueves, 12 de junio de 2008

Otra vez Raúl... o el arrepentío

Raúl Poblete era un tipo apuesto, debo reconocerlo. Pelo ondulado color castaño con unos reflejos más claros en algunos sectores. Piel blanca y ojos de color verde oscuro que se escondían tras unas groseras gafas. Un hombre común, pero diferente al resto en sus rasgos. Podría pasar por un trasandino bueno para la pelota, tipo Barticcioto o Batistuta. Así de favorecido salió este tipo; lo único que denunciaba su chilenismo era su estatura bastante discreta, seamos honestos, no era tapón de artesa, pero con impotencia veía como la huincha de medir sólo marcaba hasta el metro 68. A parte de eso, el tipo era de normal para arriba. Pero no todo puede ser tan perfecto.
El hombre tenía un enorme problema que se manifestó cuando cumplió los diecinueve años. Su gran dilema era su afición a las mujeres de amor fácil y en especial las que son ideales para todos los bolsillos y presupuestos. Los años de universidad le otorgaron una elocuencia y dicción fuera de serie y, como es lógico, se aprovechó de esa nueva habilidad.
Fue así como en una noche de cervezas en el Club Valparaíso, Raúl hizo la respectiva presentación social de sus nuevos hábitos.
Salimos tan curados de ese extinto centro cultural, que apenas caminábamos en línea recta. Y en esa confusión fue que perdimos a este adalid de los hombres guapos. No debe haber ido lejos… no ha pasado tanto rato, pensamos, así que nos dirigimos a la Plaza Victoria a buscarlo. Después de 10 minutos y varios tropezones encontramos a nuestro camarada. Estaba sentado en un escaño dándonos la espalda mirando al cielo con brazos extendidos sobre el respaldo, en una actitud de jubilado que espera que lo venga a buscar el nazareno.
- Oye, hueón. ¿Qué estai haciendo acá? –le reclamamos y de pronto aparece de la profundidades una mujer que estaba agachada, de baja estatura y piernas macizas. Al vernos sale disparada y se pierde en la oscuridad. Lo asaltaron a este huéon, pensamos.
Corrimos preocupados para ver cómo estaba. Pero cuando estuvimos delante de él pudimos ver que su pantalón estaba desabrochado y a media raja y su pequeña herramienta asomaba tímida y lánguida. No era dinero ni joyas lo que le arrebataba esa mujer, sino la vida misma por medio de brutales succiones.
- ¿Qué onda compadre? ¿Quién era esa mina? –le preguntamos molestos por el susto que nos hizo pasar.
- Puta culiaos, espantaron a la mina, huón. Le pagué mil y medio y no terminó de hacer la pega, huón. Huones desubicados.
- No podí pagar mil quinientos por un mamón. Guárdate la diuca y súbete el pantalón –le dije más choreao que la chucha.
- Era rica, huón. ¿La vieron? Puta que la cagaron, son más saco e huea.
- Si, huón. Era super rica. Parecía murciélago como volaba la hueá.
- Ustedes son puros huones resentíos no má. –nos recriminaba mientras caminaba apoyado en nosotros.
Y así nos fuimos caminando hasta Errázuriz escuchando una infinidad de veces “puta que era rica, huón – Qué mujer – por la chucha que era rica huón oh – puta que la cagaron – Me enamoré huón, me enamoré”.
Al llegar al paradero vimos nuevamente a la mujer, pero esta vez no estaba agachada, sino que estaba parada. Lo peor es que estaba meando. Y lo más terrible era que su herramienta era más abultada que la de nuestro ilustre amigo. Por supuesto el no se dio cuenta y nosotros jamás se lo dijimos. Pero puta que nos cagamos de la risa cuando nos acordamos.

martes, 10 de junio de 2008

San Antonio, 1987


31 de enero de 1987, 11.15 horas

Raúl lloraba desconsolado, sólo quería morir. El arrepentimiento, el sentimiento de culpa, el dolor y la tristeza habían desgarrado su pequeño corazón. Se odió a sí mismo con mayor fuerza que todas las tempestades juntas. Gritaba, corría y se golpeaba con furia contra las paredes de su casa. Sus delgadas piernas casi no sostenían el peso de su pequeño cuerpo, pero aún así corría. Se sentía asqueado del mundo y de la vida. Su padre lo tomó con fuerza, lo abrazó y trató en vano de consolarlo. Te odio, le gritó el niño sin entender que su papá era sólo el mensajero. Por favor, dime que no es verdad, suplicaba sin hallar consuelo. Yo quería jugar con él, repetía una y otra vez. El hombre sólo miraba a ese niño y contuvo sus lágrimas. La escena era desgarradora.
Las calles estaban desoladas. El viento pasaba a ras de piso levantando el polvo y silbando entre los cables de los postes. A parte de eso, no se oían risas ni juegos. El viento nuevamente se arremolinaba haciendo girar en círculos algunas hojas que cayeron la noche anterior. Pasó un angelito, se le oyó decir a una vieja sabia.
Ese día Raúl dejó de ser niño y sólo tenía once años.

30 de enero de 1987, 10.25 horas

Raúl y sus amigos jugaban en las calles cercanas a sus viviendas. La familia de Rodrigo se subía a su auto y partían felices a un paseo familiar. Todos felices, menos él. La tristeza amarga del desprecio nuevamente le golpeaba el alma y esta vez la estocada se la asestaron sus mejores amigos.
Se podía ver en la parrilla del auto quitasoles, frazadas, mochilas y toallas. La mamá salía apresurada con un termo rojo y una bolsa llena de huevos cocidos, el papá limpiaba el parabrisas y tarareaba una canción de Sandro. El destino era un hermoso sector campestre muy cerca de San Antonio. El lugar es realmente bello, está adornado con una infinidad árboles custodiando un hermoso y apacible tranque.
La molestia de Raúl seguía en aumento a medida que transcurría el día. Por su culpa no me dejan prender el Atari, pensaba furioso. Este otro se va de paseo y yo castigado.
El día continuó normalmente y así llegó la noche y con ella el sueño cálido y hermoso de los niños. Esa sería la última noche hermosa para Raúl.

29 de enero de 1987, 16.37 horas

Los niños rodeaban con asombro esa maravilla que la tecnología podía entregarles en ese entonces. Ya no era necesario gastar los diez pesos en comprar una ficha para jugar videos. La navidad para Raúl y su hermano, había llegado con un computador Atari 800XL. Todos los amigos de Raúl estaban impacientes esperando que cargara el caset para poder dar rienda suelta a sus habilidades. Todos excepto Rodrigo. Un niño cuyas inseguridades le habían sido enquistadas de muy pequeño. A sus nueve años estaba ahí mirando cómo todos jugaban y esperaban su turno, pero nadie le ofrecía jugar porque su torpeza lo inhabilitaba ante sus pares. De verdad era torpe y descuidado. Sus huesudas piernas siempre estaban magulladas o exhibían costras. Los pantalones parchados en las rodillas eran prueba de sus constantes caídas. Y ahí estaba: esperando.
La verdad es que Raúl lo quería como un hermano y siempre abogaba para que Rodrigo jugara aunque fuera una vez.
Ese día sería diferente y la vida de Raúl iba a cambiar para siempre.
Aquel día Rodrigo pudo jugar más de lo habitual porque no asistieron muchos niños. El entusiasmo y la entretención hicieron que los pequeños se olvidaran de comer, hacer pichí, tomar agua o lo que fuera.
Llegando el ocaso, el niño inseguro debía llegar a su casa, esas eran las órdenes de sus padres. Cuando se dio cuenta que se le había pasado la hora corrió sorpresivamente llevándose en su loca carrera computador, cables y televisor. ¡Si sólo hubieran visto en su cara la aflicción y la sorpresa! Su rostro se puso rojo de vergüenza, preocupación y miedo. El pobre no atinaba a nada, sólo temblaba culposo.
Ver todos los artefactos en el suelo provocó la ira de Raúl que sin pensarlo golpeó, insultó, humilló y expulsó de su casa a esa joya de niño cuya única culpa era ser torpe y descuidado. Rodrigo dejó asomar una lágrima pero no le dio el placer de desbordar el llanto y corrió a refugiarse a su casa.
Ya por la noche, Raúl se juntó con todos los amigos que tenían en común y les dijo que no se juntaran ni le hablaran al torpe de Rodrigo y, como el insensible y enojado niño era el dueño del Atari, sus amigos obedecieron sin cuestionar. Esa noche Rodrigo no salió y se acostó en cuanto llegó. Al otro día debía levantarse muy temprano para ir de paseo con su familia.

31 de enero de 1987, 10.50 horas

- Hijito. Raúl, despierta -decía su padre moviéndolo suavemente para despertarlo.
- Mmmhh… ¿Quéeeee? .... no… tengo sueño -dijo el niño dormitando.
- Hijito… tengo que decirte algo muy importante.
- ¿Quéeeeeeeeee...? Preguntó Raúl semi conciente e irritado.
- Hijito… Rodrigo se ahogó en el tranque. Lo siento, hijo... tu amigo murió.

lunes, 2 de junio de 2008

Andrés, la daga y Andrea

Andrés sostenía una filosa daga en su mano derecha.
- No te muevas maldita perra- balbuceó y la baba caía de su boca.
- Por favor no me haga daño- suplicaba su víctima llorando.
- Todo saldrá bien mientras no te muevas ni grites. ¿Me entiendes? ¡Responde puta de mierda!
- No, no voy a gritar, por favor no me dañe.
- ¿Te gusta que te duela perra asquerosa? Maldita prostituta burguesa.
Andrea estaba sobre su cama, sus manos y sus pies estaban atados con sus medias a los maderos de la cama, estaba prácticamente inmóvil. Vestía una blusa celeste, que ya estaba desabotonada, sostenes y calzón. Andrés estaba sobre ella a horcajadas y le presionaba con fuerza el tórax.
- Escúchame muy bien, mugrienta golfa. Me lo vas a chupar y te vas a tragar toda mi leche. Si me muerdes, aunque sea un poco, te deformo la cara con mi cuchillo. Si me cercenas, te mutilo el maldito cuerpo ¿Me entiendes? Te corto las tetas y me hago un collar con ellas.
Andrea lloraba en silencio y aceptó. Andrés le desató la mano derecha para que cumpliera suavemente la orden que le había dado.
- Más rápido, puta. Más rápido –Extrañamente, cuando estuvo a punto de acabar sacó su pene de la boca de la mujer. La miró con odio y se llevó el dedo índice a los labios - Shhhhh… ningún ruido, maraca- Y volvió a atar su mano.
Puso la punta de la daga muy cerca del párpado izquierdo de Andrea. Comenzó a deslizar el afilado acero por la hermosa faz de la mujer cortando el hilillo de lágrima que brotaba de sus ojos. Pasó por la mejilla, lo introdujo con cautela en las fosas nasales y en la comisura de los labios. Andrés tampoco quería atrofiar esa obra de arte que era el rostro de Andrea. No todavía. Bajó por su cuello y ambos jadeaban, uno por placer, el otro por asco y temor.
Cuando hubo llegado a su pecho cortó sorpresivamente el sostén y un pequeño grito escapó de la muchacha. Andrés furioso la bofeteó y haló el pelo de su frente, con tal fuerza que casi le torció el cuello y nuevamente volvió a poner su dedo sobre sus labios en señal de silencio.
Apretó sus pechos y los lamió grotescamente mientras que con la otra manó cortó el delgado elástico del calzón. Dio un brusco tirón y llevó los calzones a su nariz para tomar todos los aromas íntimos de Andrea. Los arrugó en su mano y los restregó en la cara de la amedrentada.
- Ese es tu olor, perra. ¿Lo sabías? ¿O crees que hueles a rosas?- La respiración de Andrea se tornaba más evidente.
De a poco comenzó a bajar con su lengua desde el plexo solar, pasando por su abdomen, su ombligo y el bajo vientre. Ella lloraba y jadeaba. Con sus manos abrió la vagina de la mujer y con su lengua comenzó a describir círculos alrededor del clítoris. El pecho de Andrea subía y bajaba con fuerza. Tomó el miembro con sus manos y penetró con fuerza en la entrepierna.
- Estás mojada. ¿Te excita esto, perra? ¿Ah? ¡Respóndeme… maraca culiá!- Y así, a punta de insultos, danzaba el ritmo del coito.
Al cabo de un tiempo y groseros embistes, la dio vuelta con fuerza y el blanco trasero quedó a disposición de Andrés.
- ¿Alguna vez te han dado por detrás, puta conchetumadre? Te voy a dar como nunca. Y si te cagas en mí te mato. ¿Me escuchaste? ¡Te mato! -amenazó entredientes.
- No, no. Por favor. Lloriqueó Andrea.
Con su mano tapó la boca de la joven y la penetró con cuidado extremo. Andrea sacudió su cabeza con fuerza y gimió a través de los dedos de Andrés. Tras unos minutos el corpulento hombre acabó en el interior de la frágil mujer. Cortó las amarras con la daga y la arrojó lejos. Luego se recostó a su lado dándole la espalda con desprecio.

“Esta es la última vez que satisfago sus repulsivas fantasías. Mañana recojo mis pilchas y me largo de acá” pensó el asqueado joven. Ya pronto se iban a cumplir tres años de esa insana relación.
Andrea sonrió lascivamente, besó la sudada espalda de su amante. Te amo- dijo ella. Andrés guardó silencio y se entregó al sueño y sus pesadillas.

viernes, 23 de mayo de 2008

La Camila

Mi amada mujer ya no está, ellos se la llevaron para siempre. Hoy se cumplen tres meses y aún no puedo aceptar el hecho de que jamás volveré a ver su hermosa sonrisa ni me entregaré al onírico embrujo de sus brazos. Todas las noches sueño las inolvidables jornadas de amor cuando el aroma de nuestro sexo nos inundaba con pasión todos los sentidos hasta ahogarlos y hacerlos livianos en placeres que culminaban en un abrazo ardiente mientras que sus febriles labios me dedicaban un “te amo” en los míos al mismo tiempo que “Los Jaivas” actuaban para nosotros desde el tocadiscos. Aún está en mí la sedosidad sensual de su vientre frotándose contra el mío junto con el calor afrodisíaco que habitaba entre sus piernas. Era bella, una princesa fuera de contexto temporal y geográfico, era mi amor.
Su dolorosa ausencia es similar a la amputación de una extremidad, que aún, a pesar de los años se siente y a veces pica. Similar a ese picor es como todavía siento el peso de su cabeza en mi pecho mientras dormía, y yo, en intermitentes desvelos rogaba que nunca se moviera de ahí y que sus pies fríos buscaran el calor en los míos. Su desnudo andar por la habitación es un fantasma en mis despertares y los infinitos lunares en su blanca piel es el dibujo que nunca pude terminar.
Su vida, sus ideales, la intensidad de su ser al mantener –a riesgo de todo- la idea que nuestro suelo es tierra fértil para hombres libres y trabajadores me hacían amarla con locura, por su lucha, por sus convicciones, por su pasión.
Yo la amaba. Como nunca había amado a nadie. Aún lo hago. Pero ellos me la arrebataron.
Hace poco más de tres meses que la ciudad no es como la recuerdo, y es raro. El asfalto agrietado crea lagos en miniatura que adornan la calle Centenario, célebre por sus antiguas edificaciones resistentes al paso de los años.
Hace frío y el silencio de agravio, persecución y muerte incrementa el sentimiento de impotencia por el pasado ya inexistente que vuelve a mí de tanto en tanto, y que ahora es parte de la tortuosa vida cotidiana que me atormenta.
A lo lejos escucho pequeñas explosiones que se mezclan con gritos y me recuerdo de los años nuevos, cuando las tiras de petardos explosaban festivos y los gritos eran de felicidad. Tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac, suenan a lo lejos.
Luces intermitentes suben al negro cielo y me escondo bajo una vieja renoleta. Siento terror y frío. Persisten los gritos a la distancia y veo los pies de algunos que corren apresurados, desesperados a resguardarse del peligro del asesinato sin justicia.
Cada vez que escucho las detonaciones me estremezco así que me tapo los oídos y cierro con fuerza mis ojos en una inocente forma de evadirme de la realidad y me devuelvo al tiempo en que todo iba a ser mejor. Mejor para nosotros, no para ellos.
Los estruendos se acercan por la estrecha, oscura y solitaria calle principal, vienen desde el mar para conquistar las planicies y los cerros y, así, arrebatarnos lo único sagrado que tuvimos, tenemos y tendremos: la libertad.
Esta es la última lluvia del año, la “mata pajaritos”. El grupo de asesinos a sueldo está a muy pocos metros de mí, y su líder les ordena a viva voz revisar bajo los vehículos, detrás de la arboleda y hasta en las sombras para exterminar la plaga de indeseables.
Estoy perdido, sin embargo salgo de mi escondite y corro, corro hacia el mar y tengo la certeza que esta será la última vez que la lluvia mojará mis ropas y mi cuerpo, porque los criminales se tomaron el poder, robaron la libertad y la vida a miles de inocentes compatriotas, porque las balas de mis cobardes asesinos son incontables y nunca volaron tan rápido, porque violé el toque de queda y el capitán gritó: Maten a ese conchesumadre. Por que la metralla grita furiosa y vengativa tras de mi tac-tac-tac-tac-tac-tac-tac.
Porque vivo en Chile y hoy es 15 de diciembre del año 1973.
Espérame Camila, alcancé a gritar cuando mi correr se transformó en vuelo, en un vuelo alto para reunirme con mi compañera, con mi mejor amiga. Con mi amada. Con la Camila.


lunes, 19 de mayo de 2008

El hipócrita


- Cada vez que doblo en alguna esquina, la cuidad se transforma y me entrega un contraste moderno-romántico. Por un lado está la tendencia a modernizar la ciudad y por el otro lo clásico, lo que no se vende, el negocio con el nombre de la dueña. Sin ir más lejos, a la vuelta hay un almacén típico de barrio. Verduras, cigarros, lácteos y abarrotes, aparece escrito con tiza en una pizarra. Y así llegué hasta acá, pensando en mi niñez, en mis percepciones de ese entonces y en cómo se han modificado con cada día transcurrido en el calendario.
Acerca de estas cosas me gusta escribir, nunca supe ni sabré porqué tengo el bichito que me obliga a hacerlo. Soy sólo un profesor de matemáticas de la vieja escuela, cesante para colmo, con inquietudes. Jamás hice un taller literario, no sé de conceptos ni de simbolismos, sólo pongo mi mente en blanco y le doy alguna forma a letras sueltas. Combino ideas, me nutro de lo que veo y así en adelante. Explicación simple, fácil de comprender. No requiere de mucho ingenio –le digo infructuosamente para salir del paso.
- Flaco culiao no me importa la pescá culiá que me tay vendiendo, pasa las moneas, los cigarros y toas las hueás que te dije… y te apurai conchetumare –pronunció amenazante al mismo tiempo que ondeaba su intimidador cuchillo cerca de mi cuello.
- Pero tranquilízate, podemos conversar –dije temblando- la verdad es que la plata que tengo ahora no es mía, es de mi polola.
Dice algo que no logro entender y me golpea con furia en la cara, luego me da un puñetazo en el estómago y me deja sin respiración. Caigo sobre mis rodillas, recibo un puntapié en las costillas y, mientras termino de caer, veo cuando vuelve a guardar el cuchillo entre sus ropas. Toma hábilmente mi billetera, hurga los bolsillos de mi chaqueta, me revisa el cuello y de un tirón me saca una cadena de plata que me regaló mi extinta abuela cuando salí de cuarto medio. Saca los billetes y me arroja la billetera en la cabeza.
- Sácate la chaqueta, y no me mirís conchetumare- me dice mientras me tironea los zapatos.
Como puedo me saco la chaqueta y la dejo en el suelo, no tengo fuerzas para levantar mis brazos. Recibo otra patada, pero esta vez va directo a la cabeza.
En ese momento pasa un auto y toca la bocina y mi némesis corre perdiéndose en la oscuridad de la noche. La persona del vehículo –sin importarle si estoy gravemente herido- sigue su marcha y yo quedo ahí tirado sobre un charco de agua, mientras la lluvia diluye la sangre que fluye generosamente de mi rostro.
Transcurre una eternidad antes de que tenga las fuerzas para erguirme.
Camino tambaleándome, descalzo, golpeado, mojado, humillado y con un dolor punzante en la ceja derecha.
¡Odio a los flaites de mierda! –pienso. Ni siquiera puedo decir que son animales. Por lo menos los animales no tienen conciencia. Si matan lo hacen para alimentarse, si follan en la calle, lo hacen para reproducirse, si mean o cagan es porque no tienen pudores. Todo funciona perfecto en el mundo animal. No puedo decir que los flaites son quiltros de la sociedad, eso sería ofender a los perros. Que los quiltros no tengan una raza definida no los hace delincuentes.
Conciencia, por la mierda, conciencia. Los animales no la tienen y nosotros sí, eso es lo imperdonable, reflexiono con llanto iracundo.

Camino aturdido entre los prejuicios de la gente que prefiere pensar que soy un borracho y, en vez de auxiliarme, me ignora con frialdad y me esquiva como si tuviera lepra.
Llego a la casa, golpeo la puerta. Mis calcetines deben andar por los 3 litros cada uno y me siento patético y adolorido. Mi novia me mira con espanto y rompe en llanto cuando ve mi rostro ensangrentado y enlodado.
- ¿Qué te pasó? –me pregunta mientras revisa mi ropa en busca de algún corte.
- Tranquila, no pasa nada mi amor –le digo cuando me recuesto en nuestro sillón- Es sólo que me topé con una persona que no tuvo oportunidades.
De esta forma remato y conservo mi postura de defensor de lo indefendible, y sólo yo sé que mi mojigato discurso de héroe social junto con mi orgullo, también se los llevó el flaite.

viernes, 25 de abril de 2008

Sangre y muerte

Nunca había visto tanta sangre acumulada en un lugar.
El olor a sangre es asqueroso, y de tanto aspirarlo me quedo con un gusto metálico en la boca. Mis manos están pegajosas por que ese fluido rojo se está secando. Mi cuerpo está bañado de sangre así como todo mi entorno. Tengo un arma aún humeante en mi mano y mi primer reflejo es tirarla inmediatamente. La escena me hace perder las fuerzas, me siento mareado y asqueado ¿Habré asesinado a alguien? No sé qué mierda estoy haciendo acá ni porqué tenía esa pistola en la mano. No encuentro una explicación lógica. Es como si nada hubiese existido antes de este momento ¿Quién soy y qué mierda hago aquí? ¡Por la chucha qué hice! ¿Cómo puedo reconocer un delito si ni siquiera reconozco mi propia persona?
No puedo dar crédito al hecho de haber apagado una vida. La luz ya no le mostrará las formas ni las maravillosas simplezas de la vida, no sentirá más el sol, su cuerpo se enfriará y luego todo será oscuridad, frío y nada.
Intento huir, pero la puerta está atorada por dentro con un pesado mueble y mis fuerzas están menguando dramáticamente con cada segundo que pasa.
Con movimientos lerdos intento buscar el cuerpo al cual le arrebaté la vida, pero no encuentro absolutamente nada ¿Acaso me estoy volviendo loco? Quizás alguien me tendió una trampa ¡Si esto es un sueño quiero despertar! ¡No quiero estar acá!
Mientras me giro me doy cuenta que en todo mi alrededor hay sangre oscura y espesa, en las paredes, en el suelo. Hay marcas de manos sobre las paredes, puedo haber sido yo mismo. O mi víctima intentando huir. Sin embargo, por más que busco no veo nada. Estoy solo en esta habitación. Necesito saber a quien le quité la vida
¡Por favor dios, si existes, ayúdame!
La locura amenaza con desmayarme. Mi mente está llena de confusión, caos, culpabilidad, temor, vulnerabilidad y sangre.

De pronto la luz lentamente comienza a decaer y los sonidos se tornan inaudibles, y en ese momento ocurre lo más inesperado, el cuerpo sin vida que tanto busqué cae delante de mí, como si me hubiese jugado la más macabra de sus bromas. Como si hubiese estado siempre delante o tras de mí. Y sí, lo conozco. Conozco a quien maté y es el ser más despreciable con quien me tocó compartir mi vida. No sé porqué lo asesiné, pero sé que lo merecía. Ahí está con su cabeza destruida por una bala, me sonrío al verlo. Y mientras la sangre se empapa en sus ropas y el rigor mortis se apodera de su cuerpo, mi alma baja a las tinieblas del segundo recinto ubicado en el séptimo círculo del infierno, donde se internará en un horrible bosque de árboles muertos. Allí los suicidas pagan por siempre su pecado.
Ilustración: Gustave Doré.
La Divina Comedia, Infierno, Canto XIII. Los suicidas en el bosque

lunes, 14 de abril de 2008

Como cada jueves


Pareciera que Luis está absorto en su lectura. En sus manos sostiene un cuaderno universitario con un espiral blanco torcido por el uso. Hace algunas pausas debido a que el cielo está completamente blanco y el reflejo sobre la hoja lo deja casi ciego. Observa a su alrededor y el escenario en la plaza de armas de su austral ciudad es el mismo cada jueves.
La piel de sus manos está reseca y partida, sus uñas están largas y sucias, la cutícula las viste casi hasta la mitad; los puños de su única camisa blanca están muy roídos, pero limpios. De la corbata, ni hablar, hace muchos años tuvo una, pero era de esas con elástico en el cuello; su chaleco es de un material sintético de color azul casi morado que está deshilachado en los puños, cuellos y pretina. Su pantalón está casi transparente y rosáceo de tantos lavados y en la basta se pueden distinguir claramente todos los largos que ha tenido ese pantalón a través de los años; sus zapatos no son de colegio, debe haber sido la caridad de algún parroquiano que ya no usaría ese antiguo y puntiagudo calzado de suela delgada, dura y fría con un incómodo taco y unos dos números más grandes que su pie.
A pesar de todas sus carencias es un hermoso adolescente. Su cabello es muy claro y rizado, su piel es pálida y contrasta armónicamente con sus rojos labios y sus pobladas cejas. Sus ojos son verdaderas llamaradas verdes ornamentadas con largas y crespas pestañas.
El sabe que tiene que estudiar y cumplir por sobre el resto de sus compañeros. Ese es el compromiso.
Echa un vistazo a su entorno y retoma su lectura en breves retazos. La luz blanca del cielo nublado es insoportable, así que opta por dejar su cuaderno a un lado y contemplar los vehículos que pasan sin conciencia ni memoria. Así, como cada jueves, pasa el suplementero en su bicicleta repartiendo diarios con su cara extremadamente roja producto del mal tinto y el sol, sonriendo como si no le importara las negras formas que se dejan ver entre su amarillenta dentadura producto de la falta de algunas piezas. También está ahí el hombre del carrito que vende cabritas, el olor a azúcar quemada hace gruñir su estómago por comida. Cómo quisiera tener un par de monedas. No hay que ser adivino para darse cuenta que una galleta y un vaso de leche no son suficientes como para mantenerse satisfecho hasta las tres de la tarde. Pero Luis sigue en su espera. Vale la pena esperar por la única persona que le hace sentir bien. La única persona que ha notado su existencia llena de privaciones.
Así pasa la siguiente media hora llena de contemplaciones y reflexiones hasta que, a lo lejos, ve la silueta de la persona a quien espera todos los jueves, a la misma hora y en el mismo lugar.
Es un espigado hombre que se desplaza con elegancia y se destaca del resto de las personas por su particular atuendo negro. Es una persona de tez blanca y de pelo castaño claro. Tiene una amplia frente y su mollera exhibía muy pocos cabellos. Los zapatos brillan a pesar de lo nublado del día.
Luis dibuja una sonrisa en su hermoso rostro y se levanta del escaño y se encamina hacia el.
- Hola, ¿cómo estás? –preguntó el hombre.
- Bien, bien ¿y usted?
- Bien, gracias –dijo con una sonrisa- ¿Estás acá hace mucho rato?
- No. Desde las dos, estuve estudiando un poco, pero me dolía la cabeza.
- Está bien, no te preocupes, pero recuerda que lo primero son los estudios.
- Lo sé –replicó Luis con un tono de complicidad.
- ¿Tienes apuro? Me refiero a que si tienes que hacer algo. Ir de compras. Alguna prueba mañana
- No. Tengo libre toda la tarde.
- Perfecto ¿Vamos entonces?
- Vamos –respondió rápidamente Luis.
Caminaron en silencio unas cuatro cuadras hasta que llegaron al viejo furgón utilitario de aquel hombre. Un Suzuki ST90 blanco del año 88 y se subieron justo cuando comenzaron a caer las gotas de la primera lluvia de ese invierno.
- Ya empezó a caer agüita- dijo el hombre mientras echó a andar el móvil.
- Sí. Bien tarde comenzaron las lluvias.
- ¿Sabes que es lo que menos me gusta de las lluvias?
- Eeehhhmm ¿El agua? –respondió el joven inocentemente
- Ja ja ja.-rió de buena gana el hombre- No, Luis. El agua es una bendición. Lo que no soporto es la noche siguiente después de que terminó la lluvia. El frío es atroz. Parece que penetrara los huesos y congelara la sangre. Bueno eso pasa a esta edad.
El hombre tenía unos cuarenta y cinco años, y no era oriundo de la zona, por lo que los factores climáticos le afectaban bastante. A pesar de su edad se veía mucho más joven de lo que era, no más de treinta y cuatro. Nada fuera de lo común en un hombre que jamás conoció un trabajo forzado o estresante. Todo lo contrario. Su labor era bastante relajada, nunca se vio presionado por sus jefes o clientes, ni sufrió con algún término de plazo, y aunque su trabajo no era muy bien remunerado, jamás le faltó nada.
Bajo una tímida lluvia emprendieron lentamente el viaje. A Luis le encantaba observar el paisaje a través de las gotas de agua sobre el vidrio. Le recordaba su infancia. Las tardes dentro de las aulas de la pequeña escuelita rural, el olor a ropas pobres mojadas y de pelo sucio, el mal aliento de su compañero de banco. El desinterés de la gorda profesora por extenderse en explicaciones. Pero a pesar de todo eso, la inocencia de aquellos días le prodigaba felicidad y tranquilidad en esta nueva etapa.
Aquel hombre, el sonido de los desengrasados limpia parabrisas, el motor del vehículo y la lluvia, eran buena compañía durante el viaje.
No pasaron más de diez minutos desde el momento que salieron de la ciudad, cuando llegaron a su destino.
Bajaron rápidamente del destartalado furgón y corrieron a la casa para evitar mojarse mucho. El paraje que rodeaba la vivienda era de un verde intenso. Lleno de arbustos y malezas, árboles por doquier y mucha vegetación. Entraron a la casa donde solían juntarse cada jueves. Las paredes estaban pintadas con barniz, las ventanas eran pequeñas, por lo que la casa era muy oscura por dentro, incluso en los días de abundante sol. En la sala de estar habían unos sillones de cuero sintético cubiertos de grandes piezas de género, al medio había una mesita de centro y sobre ella una Biblia y un par de revistas. A algunos pasos de distancia estaba la chimenea de piedra y a un costado la mesa del comedor.
- Voy a prender la chimenea ¿Quieres algo, un té o un café? -Preguntó el hombre.
- Si no le molesta quisiera tomar té. Tengo frío.
- Ok. Si quieres anda a buscar una toalla al baño para que te seques. Y no me trates de usted. Dime Rolando.
Luis caminó por el pasillo de la casa y entró al baño. Tomó la toalla y se secó la cara y el pelo. Vio que sobre el lavamanos había una crema de afeitar, dentífrico y sólo un cepillo de dientes. Se miró en el espejo y sintió lástima por el mismo y así estuvo algunos minutos. Salió silenciosamente y se dirigió al living.
Ahí estaba el hombre contemplando la lluvia por la ventana, la chimenea ya estaba expeliendo calor y el exquisito aroma de la leña en combustión.
- Toma asiento, Luis. Voy a buscar el té.
Luis no respondió y se sentó. A los pocos minutos apareció el amable hombre con una bandeja con dos tazones, algunos panes y queso. El joven hambriento devoró cuatro panes y dos tazas de té, mientras el hombre lo miraba con un gesto muy parecido a la ternura.
- ¿Cómo va todo en casa? –preguntó amablemente Rolando.
- Todo bien. Mi mamá y mi hermana chica están un poco resfriadas, pero nada serio.
- ¿Cómo te ha ido en el liceo?
- Bien, con hartas pruebas.
- Me imagino que has estudiado.
- Sí. Todos los días estudio dos horas. Como le prometí a usted.
- Dale con el usted. Dime Rolando –inquirió nuevamente- ¿Cómo estás de plata? ¿Necesitas algo?
- No, muchas gracias. Estamos bien en la casa.
- Bueno, si necesitas algo ya sabes que puedes contar conmigo.
- Gracias.
Rolando lo miró por un buen rato, observaba cada uno de sus gestos, le atraía la juventud de su tez. Incluso se podría decir que lo envidiaba de cierta forma.
- Eres hermoso, Luis ¿Lo sabías? –Luis se puso incómodo y nervioso- No tienes de qué preocuparte, no te pongas incómodo. Estamos en confianza.
Rolando tomó con su mano derecha el mentón de Luis, lo miró por algunos segundos, se acercó a su rostro y besó sus labios con pasión, con lujuria, con amor y desespero. Luis le correspondió tardía y tibiamente. Besó su cuello, mordió sus orejas y acarició su pecho y el bulto que había en su entrepierna.
- Esta vez quiero que tú me penetres primero –dijo Rolando con voz lasciva.
- Como quiera.
- Vamos a mi pieza para estar cómodos.
Luis fue el primero en entrar a la habitación. Rolando lo abrazó por la espalda y nuevamente comenzó a acariciarle. El muchacho se giró, miró intensamente a aquel hombre y se sacó su carcomido chaleco. Rolando le desabotonó la camisa y lo observó detenidamente. El cuerpo de aquel joven era su perdición, y él lo sabía. Luis lo miró con el fuego verde de sus ojos, dejando de lado todo su pudor y asió la nuca de Rolando y lo besó con fuerza. Ambos quedaron desnudos y comenzaron la coreografía de un amor imposible.
Fueron casi dos horas de pasión y sexo. Dos hombres compartiendo el banquete íntimo de los placeres carnales. Tal como lo habían hecho todos los jueves desde hace cuatro años.

El viaje de retorno a la ciudad fue más silencioso que el de salida. No hubo conversación ni lluvia. Sólo las luces de la ciudad como fondo de una acuarela de perversión.
Al cabo de unos veinte minutos llegaron a la humilde casucha donde vivía Luis.
- Sabes que no le puedes hablar de esto a nadie –dijo Rolando.
- No se preocupe. Esto queda entre los dos.
- Está bien. Recuerda estudiar y esforzarte en tus deberes. No quiero que nadie sospeche nada ¿Entendido?
- No se preocupe.
- Cuídate ¿Nos vemos el domingo?
- Sí. El domingo nos vemos.
- Invita a tu mamá.
- Ok.
Justo cuando Luis se aprestaba a bajarse de la furgoneta sale su madre de la casa. Mira al hombre de la camioneta y se pone muy feliz de verlo y le saluda con la mano con mucho entusiasmo. Lo mismo hace Rolando y se va.
- Me tenías preocupada, hijo. Hace mucho frío.
- No te preocupes, mamá. Tu sabes qué hago cada jueves.
- Lo sé hijo. No sabes cuán orgullosa me siento de tí. No eres como los otros niños. La juventud ya no está interesada en las cosas del Señor. Estoy tan agradecida de Dios por habernos enviado al padre Rolando. Es nuestro ángel, un ángel enviado por Dios.
Luis caminó sin decir nada ¿Qué podía decirle a su madre?

martes, 8 de abril de 2008

... de libre asociación...


Estoy dentro de una película y como todas, tiene su final. El guión está escrito y mi actuar está barnizado de inocencia y desconocimiento. Soy el jovencito de esta película, también el malo, pero al parecer no soy el tipo que muere a los cinco minutos.
Sí, sé que soy el protagonista y el antagonista, soy el extra y el doble de riesgo, el que hace las escenas tristes, de acción, de amor, sexo y romance, el de la escenografía y
la iluminación, co productor, etcétera. Soy todo eso, menos el director, tampoco soy el espectador.
¿Quién es el puto de mierda que me dirige? ¿Quién es el morboso espectador?
Maldita sea, si de esa forma no puedo describir el destino ¿Cómo mierda lo puedo hacer?
Sé que voy a encontrar partidiarios y detractores, que en el fondo son únicamente relleno para acaloradas discusiones con o sin copete. Porque ¿quién puede rebatir o confirmar la mierda que estoy pensando en este momento?
No quiero escuchar de fe, ni de creencias metafísicas. Sólo quiero que cada uno viva su realidad y me deje vivir con la mía. Porque el después de esta
vida es un océano de especulaciones baratas y convenientes como el pensar en la posibilidad de un segundo tiempo favorable, pero ¿cuál es el fin de prolongar nuestras vidas y proyectarnos de manera etérea o espiritual? ¿De qué forma estamos contemplados en algún plan divino? Sí, soy un espíritu o un alma, llámala como quieras o corrígeme, si es que en esta verdad tan subjetiva existe realmente una verdad. Pero eso no quiere decir que por sólo tener almas o espíritus tenemos el derecho de mantener vigentes nuestras vidas y seguir cometiendo los mismos errores. Y no es el alma la que nos condena, sino la maldita conciencia. Esa misma conciencia que nos dice que los perros o las aves no tienen almas, o que las hormigas deben morir por millones, o quien debe vivir o morir, o quien debe nacer o no, y es la misma conciencia que te engaña diciendo: “Sí, después de esta vida hay otra, libre de pecados, dolor, transgresiones y mucho más hermosa. Voy a fluir como el agua en las vertientes”.
Hay gente por ahí que dice que somos capaces de controlar nuestros destinos, yo les digo a ellos que Matrix es sólo una película. También les digo que si ni siquiera pudimos decidir dónde o cómo nacer, y lo
más importante “si queríamos venir al mundo” ¿Qué mierda les hace creer que tienen el poder de modificar y moldear sus destinos?
Llámenme derrotista, llámenme páramo de ideas innovadoras, díganme lo que quieran y les responderé: Todo esto que escribí, lo escribí por que YO quise, pero sabiendo que tengo tanta injerencia en mi desenlace como en la rotación de la tierra o en la salida del sol y en su ocaso. No soy derrotista, y el discursito
simple ese de “tu eres el que ve el vaso medio vacío, yo lo veo medio lleno” me lo paso por la reverenda raja. Yo sólo veo el vaso medio y punto y los eufemismos los piso como quiero y los mando a pasear junto con mis desperdicios orgánicos.
Somos seres
que vivimos del pasado, porque el presente muere cuando dejes de leer esta línea y el futuro, todo oscuro y engañoso. Nunca sabremos si éste depende de nuestras acciones y las reacciones del entorno respecto a éstas.
No te digo
esto para que lo creas, te lo digo simplemente porque hoy me levanté con ganas de escribir sin proponerme un tema que tratar, sólo me senté frente al frío e inerte monitor Samsung y le di vida a esta idea que me desborda de forma inconciente. Ejercicio de libre asociación le llaman los expertos e inexpertos.
Como dijo Nietzsche: Los hechos no existen, sólo las interpretaciones (esto acerca de la verdad o la mentira en el sentido extramoral).

Hermano lector, me habría encantado que sólo hubieses leído las palabras blancas.

martes, 1 de abril de 2008

Frente a frente


Y ahí está nuevamente, conminándome a observar su patética forma. Su frente y el entrecejo exponen profundas arrugas que endurecen su aspecto. Los flancos de su cara también están deteriorados. "Líneas de expresión" decía; "sin expresión no somos nada", le escuché argumentar miles de veces. Ahora parece arrepentirse de esas expresiones. Con un dedo estira la comisura de sus labios y, de reojo, ve como uno de sus molares evidencia una negrura interna que es una carie bastante avanzada. He visto pelo por pelo cómo su calva toma una graciosa forma. Sus ojos ya no tienen ese brillo al que estaba acostumbrado. Sus hombros están caídos, y sus pectorales y abdominales que alguna vez parecían tallados en madera, ahora son fofos ejemplos de la mala alimentación, la vida sedentaria y los años. Acaricia su barba de la mañana con la palma de la mano, luego con el dorso de ésta. Hay muchísimos pelos blancos. En su mano izquierda falta el dedo meñique. A mi me falta el mismo dedo en la mano derecha. Afortunadamente soy zurdo, y el diestro.
Cada día el ritual es exactamente el mismo. Pocas veces se producen modificaciones.
Aparece frente a mí, me muestra su tristeza por largos minutos, abre la llave del agua caliente, se moja la cara, esparce crema de afeitar y cuidadosamente se rasura. Enjuaga prolijamente los restos de espuma de su cara y lava sus dientes. Me muestra sus prominentes entradas y se peina de tal forma que pueda disimularlas. Yo hago exactamente lo mismo. Día a día.
Es triste ver la decadencia del ser humano, apreciar el envejecimiento.
Recuerdo que, cuando niños, saltábamos frente a frente para poder mirarnos. Era una sincronía espectacular. Observé cómo el niño creció y se transformó en adolescente, fui testigo de su desarrollo, pude ver las primeras pelusas que salieron en sus axilas y en su pubis. Contemplé su despertar sexual.
Lo vi reír y reí con él, lo vi llorar y lloré con él. Presencié su matamorfosis de niño alegre, al adolescente entusiasta; de adulto joven emprendedor colmado de ideas e ilusiones, al hombre roído y amargado que es ahora. Y lo lamento.
"Puta que estai viejo, hueón" le escucho decirme repetidamente.

Ese es todo el contacto que tengo con este hombre ¿Qué hace antes o después de exponerse ante mí? No lo sé. Su vida es todo un misterio. Mi vida, otro enigma absolutamente oscuro.
Quisiera saber qué hace este sujeto cuando no lo veo.
Y si yo me introduzco en su mundo ¿Ya no se pararía frente a mí a mirarme con cara de imbécil? ¿Lograré obtener las respuestas a mi propia existencia?
Deseo atravesar el pórtico. Necesito descubrir el código, el secreto; la llave de entrada y de salida por si todo fuera peor que acá. Sé que de forma física es imposible hacerlo. No puedo abrirme paso mediante el puño. Esa estúpida idea es completamente inviable.
¿Qué es lo que me une a este individuo? No lo sé. Pero algo en mi interior me dice que nuestra relación es como el cielo en el agua.
Somos parecidos, sí. Muy parecidos. A veces creo -a riesgo de parecer un loco- que somos la misma persona. Y confieso que caería en esa estupidez si no fuera tan observador y me diera cuenta que yo soy zurdo y el es diestro. Que su pelo está siempre peinado hacia el otro lado.
Es una odiosa evidencia que me imite. Me imita con una maligna y milimétrica precisión.
Pero ya descubrí la diferencia, es él quien carga con los defectos. Su cara está ajada por los años. Su pelo ha perdido el brillo y el volumen. Su mirar es como el de un perro herido. Lastimero y patético. Le hablo, le grito. Aunque al parecer no nos escuchamos. Sólo queda el eco interminable de mis gritos en las paredes de la pequeña, blanca y fría habitación.
Muchas veces lo miro sostenidamente. Le obligo a hacer cosas, ridículas muecas. Quiero saber hasta qué punto llegará.
Muchas veces cierro mis ojos y los abro repentinamente para ver si lo sorprendo haciendo otra cosa, para ver si lo descubro en su engaño. Pero no. Ahí está mirándome tan fijo como yo a él. Con una tristeza negra ciñiéndole el rostro, sufriendo su debacle y decayendo en la mortalidad de su escencia.
Quisiera degollarlo. Ahogarlo en su sangre. Mutilar su respiración. Acabar rápidamente con su miseria. Verlo caer bañado en su espeso fluido rojo. Mirándome con cara de sorpresa. Esa cara que la gente pone cuando sabe que está muriendo pero no puede creer que le esté sucediendo.
Ver su sangre caer como catarata desde su boca y su garganta ahogando un agónico grito, galopando sobre su pecho, sus manos y brazos con la urgencia de llegar pronto al suelo, dejando en las pálidas baldosas el fragmento de una pintura abstracta que trata acerca de la tragedia de la existencia.
¿Cómo atravesar esa helada y rígida barrera? Y si pudiera hacerlo ¿Dejaré de estar en este mundo y sumaría un nuevo ser al otro?
¿De qué parte del espejo estoy? ¿Soy la persona pensante frente al espejo o sólo el reflejo de ésta?

jueves, 27 de marzo de 2008

Cuestión de fe


La noche está bastante agradable. Prendo un cigarrillo, busco en mi desorden algunas botellas de cerveza. Casi todas están inmundas. Impresentables. Me da una lata enorme entregárselas a la desaliñada niña que atiende en la botillería, pero me da más lata lavarlas. Necesito tres, pero sólo hay dos que están decentes. Me agacho para recogerlas del suelo con el pucho en la boca, el humo comienza a entrar a mis ojos, siempre me pasa lo mismo, cuando juego pool, cuando me lavo las manos, cuando recojo los envases de cerveza, en fin, cada vez que mantengo un cigarro prendido en mi boca por más de un minuto. Siempre me he preguntado cómo lo hacen los maestros chasquillas, esos de los puchos eternos que no se lo sacan nunca de la boca, a lo Don Chuma o Slash de los Guns’n Roses. Es como si fueran siameses híbridos.
El humo me hace mierda los ojos mientras intento sacar las botellas que están muy apretadas entre si. Me da la hueá y tiro al maldito al lavamanos. A la mierda, pienso.
Dejo los sucios envases encima de la mesita de la cocina para revisar si tengo las llaves y ver cuánta plata tengo en los bolsillos.
Salgo por la gruesa puerta de madera y prendo otro cigarro, esta vez lo voy a disfrutar de verdad. Camino pensando en todo y nada a la vez, generalmente pienso en lo mal que me hace el cigarro y me hago la propuesta que me he hecho una infinidad de veces. Esta es la última cajetilla que compro.
El trayecto: cuatro cuadras de reflexiones, dos de ida, dos de vuelta. Cuando paso por la pequeña iglesia, que está en medio del camino, veo una frágil anciana frente a la imagen de alguna virgen o un santo –nunca me he fijado bien qué es. La mira, le habla. Su cuerpo es enjuto, sus pequeñas y débiles pantorrillas presentan complejas várices. Tiene una falda que probablemente estuvo de moda en los albores de los noventa, un chaleco –que parece haber sido tejida por ella misma- del mismo color de la falda y le llega más abajo del culo. Su pelo es canoso, corto y ondulado.
Paso por detrás de ella y siento una mezcla de lástima y furia. Lástima por que quizás algún problema la aqueja, algún familiar enfermo, nietos con problemas de droga, vaya a saber uno. Furia por lo que representa ese cuadro. La súplica a una efigie de yeso mal proporcionada y pintada sin oficio ¿Qué pretende con eso? Vaya a saberlo ella.
Cruzo la pequeña calle que separa la iglesia de la botillería y ahí está la desaliñada niña que siempre está detrás del mesón. La botillería y ella es como el maestro chasquilla con su pucho, pienso.
- Quiero tres Royal- dije pensando en la abuelita.
- ¿Vas a dejar por un envase?- Me preguntó, mientras seguía pensando en la abuelita.
- Si. Le respondí, preguntándome si, cuando pasara por fuera de la capilla, la viejecilla estaría allí.
- Son trescientos por el envase.
- Oka- repliqué pensando en qué hace una anciana a esta hora, sola y hablándole a un trozo de yeso
- Las de atrás están más heladitas- me dice. No respondo, estoy pensando en la abuela.
Pongo las cervezas sobre el mesón saco la plata de mi bolsillo. Cuento las monedas para deshacerme de algunas. Rompen los bolsillos y me carga usar monederos.
- ¿Eso es todo? Me pregunta sin mirar.
- Eeehmmm, no, dame un Kent 1 - Ahí se fue a la mierda eso de la última cajetilla. – Ah, y un Bigtime.
- Son cuatro mil seiscientos.
Voy a tratar de tomar menos, sino voy a quedar en la ruina, reflexiono mientras pago. Tomo las cervezas, guardo los cigarros, los chicles y salgo apurado para ver si la añosa mujer todavía está despilfarrando tiempo y palabras.
Cruzo raudo por el desgastado paso peatonal. Miro de reojo hacia mi izquierda y sí. Ahí está la mujer en la misma posición, como otra estatua.
Paso nuevamente detrás de ella pensando en qué diablos me importa a mi lo que haga la gente. En qué pueden influir en mi vida sus rituales o sus tradiciones religiosas.
La inconsecuencia me invade muchas veces y esta no es la excepción. Me devuelvo decidido y subo trotando las escalinatas de concreto que llevan al altar. Me siento en el último peldaño que está horriblemente duro y frío. Dejo la bolsa con los envases entre las piernas y las aprieto con los pies.
La mujer tiene en su cara unos lentes de grueso marco y sus labios se mueven sin emitir sonidos inteligibles. Sólo desesperantes seseos. Sus manos están apoyadas en una pequeña reja que defiende la estatua, de sus flacos y arrugados dedos pende un pequeño rosario color café.
No sé cuánto rato llevo aquí, así que prendo un cigarro. Otro más. Un cigarro me dura unos siete minutos, con eso puedo hacer una relación de tiempo.
A los setenta años, viuda, y sin hijos; la fe tira más que yunta e buey, pienso mientras abro una de las botellas y me la empino para tomar algunos sorbos. Miro la hora faltan quince minutos para la media noche. Debo llevar más de cuarenta minutos en esta posición y el conteo de cigarros debe ir por los cinco.
La frágil mujer se inclina levemente sobre sus rodillas hace el signo de la cruz sobre su pecho –símbolo que ya está más que deformado. Lo he analizado y es una perfecta cruz invertida- y se marcha. Se debe haber inquietado por mi presencia. Enfrenta cuidadosamente cada peldaño, una caída a su edad debe ser complicada. Permanezco esperando que se pierda en la esquina y me pongo frente a la imagen y dejo la bolsa con las cervezas en el suelo... Ah, y prendo un cigarro.
- A mi no me embaucas, ¿lo sabías? Tu rostro terso, tu semblante misericordioso y tus manos en posición de rezo no me engañan. Conozco tu juego y las reglas las considero injustas. Por miles de años has sido venerada como una deidad, hay miles de versiones tuyas. Todas vírgenes. Todas con la falsedad tallada en el rostro. Casi todas mal pintadas y desproporcionadas. No sé qué mierda hago hablándote. Voy a hacer algo más productivo: Cuando llegue a la casa le voy a contar mis problemas al escobillón, o la plancha. ¿O tienes algo que agregar? – silencio- Me lo imaginaba.
Me inclino para recoger por tercera vez la bolsa con cervezas y, estúpidamente decepcionado, me marcho.
- El cigarro mata, joven amigo- escucho a mis espaldas.
Quedé paralizado, el cigarro que tenía en la boca cayó al piso; casi me meo de la impresión. Patéticamente me doy vuelta para encarar a mi interlocutor. Absolutamente nadie. Sólo la estatua y nadie más.
- No busques más, soy yo quien te habla. Profirió la menuda efigie sobre el altar.
- ¡Ah! Tú –dije con cierto alivio y me erguí con propiedad- Pensé que había alguien escondido escuchando lo que te decía. Sentencié con calma.
- No. Sólo soy yo – respondió sin moverse un milímetro.
- Bueno… estoy tratando de entender el porqué la gente te habla. Es raro que las personas te hablen, sólo eres un trozo de yeso. Entiendo que le hablen a los animales, por lo menos ellos reaccionan. Algunos se asustan, otros se ponen contentos, qué sé yo. Pero tú… permaneces impávida ante el sufrimiento y la fe humana.
- Comprendo tus dudas. Incluso a mi misma me cuesta entenderlo ¿Puedes tú?
- Pero por favor. Si tú no entiendes porqué la gente te habla, ¿Qué te hace pensar que yo poseo la respuesta? Yo lo veo de manera bastante simple, si quiero cigarros, voy y los compro; si quiero sexo, me pongo cariñosos y cargante con mi novia; si tengo frío me tapo. El mismo fenómeno ocurre en el tema de las creencias... creo; por ejemplo: la vieja, está en el ocaso de su vida, por eso viene a reconciliarse contigo. Me imagino que con su edad, más de alguna maldad habrá hecho. Ahora me pregunto ¿Por qué no se atreve a hablar directamente con tu “jefe”? ¿Por qué la necesidad de intermediarios como tú o los curas? Otra cosa que no entiendo y quiero que me respondas ¿Cuál es el tema con ser virgen? O sea, si se supone el “jefe” instauró el sexo como único medio de reproducción ¿Quién eres tú para montarte en rebeldía más absoluta? Otra cosa ¿Cómo pudiste concebir un hijo sin sexo? Y lo más importante que me queda dando vueltas… por la época descrita, me imagino que fue parto normal ¿Cómo mierda conseguiste mantener la condición de virgen habiendo vivido la experiencia de un parto? Sólo quiero que me respondas eso.
Mantuvo su posición. Mirada al cielo, se podía ver el pintado blanco de sus ojos bajo el pintado iris de color indefinido, sus manos unidas por las palmas y la yema de los dedos sobre el pecho. Volvió a mover por última vez sus labios, sólo para contestarme.
- Esta escena es ridícula - dijo- Otro imbécil más hablándole a un malhecho pedazo de yeso.
En realidad, pensé. Tomé la bolsa con las cervezas, tiré la colilla del pucho al suelo, prendí otro y caminé sin mirar atrás.